Un hombre que se defendió de un ataque con cuchillo en Esquel fue condenado a prisión. La justicia penaliza la defensa personal, redefiniendo como «exceso» la lucha por la supervivencia y revictimizando al agredido.
En un fallo que ha generado indignación y pone en tela de juicio los principios más básicos de la justicia, un tribunal de Esquel ha condenado a ocho meses de prisión efectiva a un ciudadano que, en un acto de defensa personal, respondió a una agresión con arma blanca. Este veredicto no solo castiga al sobreviviente de un ataque violento, sino que envía un mensaje peligroso a la sociedad: cuando te ataquen, piénsatelo dos veces antes de defender tu vida, porque el sistema judicial puede ponerse del lado de tu agresor.
Los hechos son claros: el 4 de diciembre del año pasado, el imputado fue atacado con un cuchillo por otro individuo en la vía pública. En medio del pánico y la adrenalina de una situación de vida o muerte, su instinto de supervivencia lo llevó a contraatacar, logrando desarmar y reducir a su atacante. Sin embargo, para la Fiscalía y el Juez Penal de Esquel, esta reacción no fue suficiente para salvar su vida, sino que constituyó un «exceso en la defensa».
Este concepto legal, manejado a la ligera por jueces y fiscales desde la cómoda butaca de sus despachos, se ha convertido en un arma para criminalizar a las víctimas. ¿Quiénes son estos magistrados para dictaminar, con frialdad y años después de los hechos, el nivel milimétrico de fuerza permitido a una persona que está siendo apuñalada? La teoría del «exceso» ignora por completo el estado de terror, la confusión y el instinto primario de conservación que domina a cualquier ser humano en semejante circunstancia.
El caso se «resolvió» mediante un juicio abreviado, un mecanismo perverso donde se presiona al imputado, a menudo en estado de vulnerabilidad y con escaso conocimiento legal, para que acepte una condena y «evite» un proceso más largo y oneroso. Es la forma rápida y sucia de la justicia para cerrar expedientes, sacrificando los derechos de quienes solo intentaron no ser asesinados. Se abusa de su desconocimiento para forzar una confesión que libera al sistema de la carga de probar lo indemostrable: que su miedo fue excesivo.
Mientras el verdadero victimario, el que empuñó el cuchillo primero, parece haber eludido el escrutinio público y penal, es la víctima quien carga con la pena. La justicia de Esquel ha logrado la hazaña de poner al agresor en el rol de víctima y condenar a quien se defendió. Este veredicto es una vergüenza que socava la credibilidad del sistema y deja en la indefensión a todos los ciudadanos.
Sólo nos queda esperar que la quita de fueros recientemente votada por la población, resulte en una limpieza profunda del Poder Judicial, que reparte más vergüenza que justicia.






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