Una joven de Comodoro Rivadavia, Chubut, está a meses de graduarse como ingeniera aeroespacial en Estados Unidos, participa en proyectos de la NASA y sueña con viajar a la Estación Espacial Internacional. Su pasión nació a los ocho años, frente a la película «Apolo 13».
La historia de Luján Leal de Ibarra parece un guion de cine, pero es real. Con sólo 22 años, esta comodorense está finalizando su carrera de Ingeniería Aeroespacial en la Universidad de Boulder, Colorado, y ya colabora en un consorcio espacial vinculado a la NASA. Su meta es clara: llegar al espacio.
Todo comenzó en su infancia en Chubut, cuando vio “Apolo 13”. La película despertó en ella una fascinación por lo desconocido y la resolución de problemas en el entorno más hostil imaginable. “Me cautivó ver que un problema tan grande en el espacio se podía resolver con ingenio desde la Tierra y la nave”, recuerda. Esa chispa se transformó en una obsesión que la llevó a investigar carreras y a descubrir que, en Argentina, no existía exactamente lo que ella buscaba.
Con determinación, aplicó a universidades estadounidenses. Gracias a una beca de una fundación privada argentina que cubre sus estudios y alojamiento, pudo mudarse a Colorado. “Para alguien de la Patagonia, es ideal. Hay muchos días de sol y está cerca de centros de esquí”, comenta sobre su vida actual.
Formación y sueños espaciales
Luján no solo estudia; se prepara activamente para su sueño. Obtuvo su licencia de piloto privado, un requisito casi indispensable para las misiones espaciales, y aprendió ruso por su utilidad en el ámbito aeroespacial. Como ayudante de cátedra y embajadora de su carrera, guía a nuevos aspirantes.
Su máximo anhelo es realizar una caminata espacial en la Estación Espacial Internacional (EEI). “Me gustaría estar flotando o arreglando la Estación”, describe con emoción. También sueña con pisar la Luna, aunque es más cauta respecto a Marte por la duración y complejidad del viaje.
Sabe que los caminos para trabajar en agencias como la NASA o SpaceX son complejos y suelen requerir ciudadanía estadounidense. Otra vía es representar a Argentina, gestionado a través de la CONAE, pero con costos prohibitivos. “Puede alcanzar los 50 millones de dólares o más”, explica.
Trabajando en la NASA y mirando al futuro
Actualmente, a través de la universidad, forma parte de Space Grant, un consorcio de Colorado que depende de la NASA. Allí trabaja en el desarrollo de un pequeño satélite diseñado para detectar basura espacial y alertar a otros satélites para evitar colisiones. “Tenemos la idea de lanzarlo como prueba el año que viene”, adelanta.
Su experiencia incluye también una pasantía en INVAP, en Argentina, donde investigó materiales para el blindaje de componentes electrónicos contra la radiación en el espacio.
Tras graduarse, planea iniciar un posgrado, posiblemente en bioastronáutica, la disciplina que estudia la vida humana en el espacio. “Son profesionales que se comunican con quienes estén en la EEI, organizan experimentos y ayudan a arreglar desperfectos a la distancia”, detalla. Si no puede viajar al espacio, le encantaría dedicarse a la investigación en astrofísica o al diseño de cohetes.
Extrañando la sobremesa, construyendo un puente
Aunque ha construido una vida en Boulder con amigos y hasta con su gata, Gaara, a quien lleva y trae de Argentina, extraña ciertas calidades humanas de su país. “Allá no existe la sobremesa. Todo está pensado en términos de eficiencia. Extraño nuestra manera de estar con otros, nuestro lado más humano”, reflexiona.
La joven que una vez miró asombrada a los astronautas en la pantalla ahora está a pasos de convertirse en una de las profesionales que harán posible la próxima era de exploración. Su trayectoria demuestra que, con pasión y perseverancia, los sueños más altos pueden tener un punto de partida en cualquier lugar, incluso en el sur patagónico.






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