Una vez más, las universidades públicas argentinas se ven paralizadas por medidas de fuerza convocadas por CONADU Histórica, la federación docente que desde hace años responde a los intereses de sectores claramente identificados con el kirchnerismo y la izquierda más rancia. Esta vez, el Congreso Extraordinario de dicha entidad resolvió un paro total de actividades del 11 al 17 de agosto, seguido de paros rotativos hasta el 7 de septiembre. ¿El argumento? El “atraso salarial”. La realidad: una jugada política que perjudica a millones de estudiantes y a miles de familias argentinas.
Un paro con ADN ideológico
Es hora de dejar de disfrazar de reclamo salarial lo que no es más que militancia política encubierta. La CONADU Histórica no es una organización neutral: sus filas están repletas de docentes que, más que educadores, son activistas. Las universidades nacionales, lejos de ser espacios plurales, se han convertido en bastiones ideológicos de la izquierda y el kirchnerismo, donde el adoctrinamiento ha reemplazado en muchos casos a la formación académica de calidad.
Y mientras tanto, ¿quién paga el precio de estas medidas? Los estudiantes. Los jóvenes que hacen un esfuerzo monumental por estudiar en un país en crisis, y sus familias, que deben sostenerlos. Para esta dirigencia sindical, las clases son secundarias: lo que importa es marchar, cortar calles, y reclamar por una utopía ideológica que hace años colapsó por su propio peso.
Una ignorancia que alarma
La excusa de los aumentos salariales se repite con una insistencia preocupante. Dicen que durante el kirchnerismo había paritarias y mejoras. Pero basta una mínima capacidad de análisis —que uno esperaría de un docente universitario— para entender que la inflación durante esos años era altísima. Cada aumento llegaba siempre tarde, y siempre era menor que la pérdida real del poder adquisitivo. Es decir: también cobraban menos. Hoy, con un salario estable y una inflación que se está controlando, la lógica es clara: si los precios no suben, no hay necesidad de aumentos automáticos.
Resulta llamativo que quienes enseñan economía, historia, política o sociología, no sean capaces de comprender algo tan elemental. O peor aún: sí lo comprenden, pero eligen mentir para mantener su relato.
Un caso claro es lo que ocurre en la sede Esquel de la Universidad Nacional de La Patagonia, donde muchos de los quehoy quieren hacer paro, la semana pasda estaban posando para las otos de la intena peronista. Más claro, imposible.
La verdad incómoda: el sueldo es el que se puede pagar
Argentina está en un proceso de ordenamiento económico. La plata no se imprime más a mansalva, y el Estado paga lo que puede, no lo que se le antoja a un grupo gremial. Pretender aumentos salariales sin respaldo económico es volver al pasado: más emisión, más inflación, más pobreza.
Si a estos docentes no les gusta el salario que perciben, tienen la libertad de renunciar y buscar otras alternativas. Pero seguir cobrando del Estado y no dar clases, es una falta de respeto a la educación pública, a los estudiantes, y a todos los argentinos que sostienen con sus impuestos un sistema que, en manos de estas personas, se degrada cada vez más.
La universidad necesita excelencia, no militancia
La educación pública no puede ser rehén de la ideología, ni de sindicatos que confunden la lucha salarial con la resistencia política. Los comunicados de CONADU Histórica no hablan de mejorar la calidad educativa, ni de asegurar el futuro académico de los alumnos. Hablan de «soberanía», de «lucha», de «ajuste» y «resistencia». Lenguaje político, no pedagógico.
Es hora de poner las cosas en su lugar. El rol del docente es dar clases, formar ciudadanos críticos, y respetar a quienes hacen sacrificios para poder estudiar. La universidad no es una sede partidaria, y quienes la tratan como tal deben rendir cuentas ante la sociedad.





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