El ataque de decenas de jóvenes a travestis que ejercían la prostitución en los Bosques de Palermo reabre el debate sobre la prostitución en la vía pública, una contravención que genera hartazgo social y que los medios insisten en victimizar.
La madrugada del domingo 1 de noviembre de 2026 quedará marcada como una de las expresiones de hartazgo social en la Ciudad de Buenos Aires. Un grupo de jóvenes ciclistas, que participaban de una bicicleteada nocturna, se desvió hacia los Bosques de Palermo y atacó con palos, conos de tránsito y otros objetos contundentes a un grupo de travestis que ejercían la prostitución en ese espacio público. Los agresores filmaron la golpiza, la difundieron en redes sociales con mensajes como “a correr a los trabas” y emojis de risa, y presumieron de una cacería que, según las propias víctimas, no fue la primera ni será la última si no se ataja el problema de raíz.
El episodio, que dejó al menos seis personas heridas —una de ellas perdió una oreja— y un adolescente de 14 años con un traumatismo craneoencefálico leve, derivó en una investigación de la Unidad de Flagrancia Norte del Ministerio Público Fiscal porteño. El jefe de Gobierno, Jorge Macri, prometió que no quedará impune, pero hasta el momento no hay detenidos ni identificados como autores materiales. La Justicia intenta reconstruir lo ocurrido a través de las cámaras de seguridad y de los videos que los propios atacantes subieron a las redes, mientras la comunidad de homosexuales y prostitutas exige respuestas y denuncia un clima de violencia creciente.
Sin embargo, detrás del repudio legítimo a la golpiza hay una realidad que los medios nacionales insisten en maquillar: la prostitución en la vía pública no es una actividad inocente ni una simple expresión de identidad. En la Ciudad de Buenos Aires, el Código Contravencional (artículo 81) sanciona con uno a cinco días de trabajo de utilidad pública o multas de 200 a 400 pesos a quien ofrece o demanda en forma ostensible servicios de carácter sexual en espacios públicos no autorizados. Es decir, los travestis que estaban en los Bosques de Palermo estaban incurriendo en una contravención. No se trata de criminalizar la su decisión de disfrazarse de mujeres, sino de ordenar el espacio público y proteger a quienes lo transitan, sin estar expuestos a ofrecimientos ni acosos por parte de los «prostitutos».
La sociedad argentina, y en particular los vecinos de Palermo, llevan años lidiando con una zona roja que se consolidó en uno de los pulmones verdes más emblemáticos de la ciudad. La prostitución callejera genera conflictos de convivencia: ocupación de veredas y bicisendas, exposición de menores a situaciones para las que no están preparados, ruidos, incidentes con vecinos y un deterioro constante del espacio público. El hartazgo no es un invento de los medios: es una realidad que se palpa en cada reunión de consorcio, en cada recorrido nocturno y en cada reclamo por inseguridad.
Pero en lugar de abordar esa complejidad, los grandes medios prefieren construir un relato único de victimización. Presentan a las personas travestis que ejercen la prostitución como víctimas absolutas y omiten que estaban realizando una actividad contravencional. La victimización mediática no solo es hipócrita: también es funcional a un modelo de ideologías que destruye a la sociedad y fomenta serios problemas salubres.
El ataque en los Bosques de Palermo es repudiable y debe ser investigado con celeridad. Pero también debe servir para abrir un debate serio sobre la prostitución en la vía pública y sobre la responsabilidad de los medios a la hora de informar. Sin ese debate, la próxima cacería encontrará el mismo terreno fértil: una zona roja tolerada, una sociedad harta y un discurso mediático que prefiere la lágrima fácil antes que la solución estructural.







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