NUESTROS VECINOS
“Nuestros vecinos” rescata la historia, el trabajo y los valores de personas que dejaron huellas en la comunidad. Un homenaje a quienes, con esfuerzo silencioso y compromiso cotidiano, ayudaron a moldear la identidad de Esquel.
Roberto Osmar Vila, la persona que midió los sueños
Roberto Osmar Vila llegó a Esquel cuando medir la tierra era casi lo mismo que soñarla. Tenía la juventud a cuestas, un título de la Universidad de La Plata y una vocación que se le notaba en la forma de hablar con el suelo, con las líneas, con los planos.
Corría el tiempo en que Chubut todavía era promesa. Gobernaba Roque González y en Esquel había apenas un agrimensor. Fue gracias a unos compañeros de Comodoro que Roberto escuchó hablar de este rincón del sur, donde todavía todo estaba por hacerse. Y vino. “Esquel en ese entonces era una ciudad en formación”, recuerda. Y él llegó para formar parte de ese crecimiento, con mirada atenta y pasos firmes.
En aquellos años se trabajaba con cinta y teodolito. No había GPS ni tecnología digital. Se usaban instrumentos ópticos, pesados, mecánicos, que exigían precisión y temple. La mayoría de los teodolitos eran alemanes, aparatos robustos, exactos…
Había algunas mensuras realizadas y algunos mojones en la región, es cierto. Pero el porcentaje era insignificante. Siempre había que ir al lugar, abrirse paso entre cañadones, bosques o alambrados, y empezar desde cero. Cada trabajo era también una expedición.
En ese andar constante por campos y estancias, se forjaron vínculos. Roberto nos recuerda la excelente relación que existía en el trabajo con las familias galesas y con los pobladores indígenas de entonces. El respeto, la palabra y el mate compartido eran parte del oficio, tanto como la medición. En esos encuentros nacía una forma de entender el territorio no solo como superficie, sino como historia viva.
También hubo actores fundamentales desde lo institucional. “Fue invalorable el intendente Conesa en la Municipalidad, porque siempre hizo todo para que los organismos se asentaran en Esquel”, destaca Roberto. Aquella voluntad política y organizativa fue clave para que la ciudad pudiera ofrecer oportunidades a los que llegaban con ganas de aportar.
Pero Roberto no se conformó con cumplir su tarea. Quiso dejar algo más. “Mi sueño fue hacer lo que hice, montar un estudio de agrimensura para que los que vinieran no se encontraran huérfanos”, dice hoy, con esa mezcla de orgullo sereno y humildad que solo tienen los que construyen en silencio.
Así, con esfuerzo, precisión y vocación, fue trazando contornos en una provincia que recién emergía. Desde entonces, cada mojón, cada deslinde, cada plano, lleva un poco de su historia. Porque Roberto no solo midió tierras: trazó caminos, ayudó a ordenar un territorio, y fue testigo –con sus pies en el barro y sus ojos atentos– de cómo crecía una esperanza.
Ya más grande, siguió obligándose a caminar para mantenerse en estado. A paso firme, recorrió casi toda la cordillera chubutense, como si su cuerpo aún necesitara confirmar con sus propios pies todo lo que su mente ya sabía de memoria. Nunca se quedó quieto: el terreno lo llamaba, como al principio.
Hoy, con 86 años y rumbo a los 87, dice con gratitud: “Esquel me dio todo”. Y guarda en la memoria más que coordenadas. Guarda anécdotas, nombres, paisajes que cambiaron y otros que siguen igual. Aún lo buscan para pedirle una opinión, una referencia, una historia. Y él, con la humildad de los grandes, todavía responde.
Porque algunos hombres no solo marcan la tierra: la dignifican.-






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