NUESTROS VECINOS
“Nuestros vecinos” rescata la historia, el trabajo y los valores de personas que dejaron huellas en la comunidad. Un homenaje a quienes, con esfuerzo silencioso y compromiso cotidiano, ayudaron a moldear la identidad de Esquel.
“Panchi” Fiori, el hombre que siempre está
En septiembre de 1973, “Panchi” Fiori llegó a Esquel por primera vez. Venía de viaje de bodas junto a Silvia, su compañera de toda la vida y su actual esposa. No sabía entonces que ese viaje marcaría para siempre el rumbo de su historia. Fue en la Villa Futalaufquen donde ocurrió algo simple, pero inolvidable: mientras cargaba nafta en el surtidor del lago, empezó a nevar. Era la primera vez que veía la nieve, y fue como un hechizo. Algo de ese paisaje, del aire, del silencio blanco, se le metió en el alma. Y ya no hubo vuelta atrás.
Por entonces, el oficio que con los años haría suyo ya le corría por las venas. Su abuelo había llegado desde Italia en 1889 y, en 1910, fundó una casa fúnebre y una fábrica de ataúdes en Oliva, provincia de Córdoba. Aquel fue el origen de una historia que no se mide en tiempo, sino en gestos de cuidado, en manos firmes, en miradas que abrazan cuando el dolor deja sin palabras. Su padre siguió ese mismo camino, y Panchi —como si el destino ya estuviera escrito— también lo hizo.

Los que lo conocemos sabemos bien que nunca lo tomó como un negocio. Para él, fue siempre una responsabilidad profunda y un compromiso con quienes atraviesan uno de los momentos más difíciles de la vida. Un oficio que requiere discreción, respeto y humanidad, y que se ejerce con la mayor seriedad y entrega. No es solo un trabajo, sino acompañar con dignidad y respeto a quienes más lo necesitan.
Antes de llegar a Esquel, su labor estaba enfocada principalmente en la venta de ataúdes, sobre todo en el norte del país. Desde muy joven empezó a recorrer rutas, a cargar y descargar, a convivir con el silencio y el cansancio, y a recibir agradecimientos que decían más que mil palabras.
Su primer viaje solo —recuerda— fue a los 13 años, a Santiago del Estero, llevando 13 ataúdes. Muchos dirán que el número 13 trae mala suerte. Él, en cambio, lo recuerda con una sonrisa y una frase que lo pinta entero: «Mirá si no me va a gustar el número 13. Nunca lo rechazo». Es más: entre risas, confiesa que, aunque casi nunca va al casino, cuando lo hace tiene sus caballos de batalla bien definidos: “Siempre le juego al 0, al 13 y al 34.”
Cuando sus viajes lo llevaban al sur, solía pasar por El Bolsón, luego Trelew o Comodoro, y siempre —de ida o de vuelta— hacía escala en Esquel. Fue en esos recorridos, allá por los años setenta, cuando advirtió algo que lo sorprendió: en la ciudad no había sala velatoria. Los velorios se hacían en las casas particulares o, en algunos casos, en las iglesias.
Esa ausencia quedó dando vueltas en su cabeza. Fue así como decidió venir a Esquel. En realidad, pensó que sería solo por unos meses, una experiencia breve, casi de paso. Pero el destino tenía otros planes. Lo que empezó como una prueba se transformó en una elección de vida. «Encontré la tranquilidad del sur y no estar a las corridas», confiesa. Y en esa calma, en ese tiempo más lento, encontró también su lugar en el mundo.
En el mes de febrero de 1981 quedó finalmente armada su sala velatoria y comenzó a brindar los servicios fúnebres en Esquel. Fue un paso importante, no solo para él, sino también para la ciudad. A partir de entonces —recuerda— la gente ya no quería hacerlo en sus casas. El espacio ofrecía otro tipo de contención, más acorde al momento, más respetuoso del duelo. Así, sin estridencias ni anuncios, fue cambiando una costumbre arraigada, con la simpleza de quien sabe cuándo hace falta estar.
Hay otro dato que pinta de cuerpo entero su manera de entender el oficio: antes, el funebrero no atendía de noche, y si el fallecimiento ocurría en ese horario, los familiares debían esperar hasta la mañana siguiente. En tiempos en que casi no había teléfonos —o muy pocos tenían uno—, Panchi decidió poner una guardia permanente en su sala velatoria. Bastaba con que alguien se acercara o llamara, y él respondía de inmediato. Hoy el procedimiento es el mismo, con la única diferencia de que todo ocurre a través de un celular. La esencia, sin embargo, no ha cambiado: estar disponibles, siempre, cuando más se necesita.
También nos cuenta Panchi que los rituales del adiós han cambiado mucho con el tiempo. Antes, recuerda, todo era más solemne, más rígido en sus formas: las mujeres asistían vestidas de largo, los familiares directos iban completamente de negro, y las casas donde había luto se señalaban con moños del mismo color si el velorio era en la sala velatoria o en una iglesia. Si se realizaba en la vivienda, se colocaban cortinas negras en la fachada, como una señal de respeto y recogimiento.
“Hoy -señala Panchi- casi nadie quiere pasar por la iglesia. Lo más habitual es que los familiares pidan la presencia de un sacerdote para que realice un responso en la misma sala velatoria, y con eso se da por cumplido el rito religioso”. Antes, en cambio, él tenía un auto especial para llevar al cura al cementerio, y éste esperaba el cortejo fúnebre y a los dolientes.
Todo es más breve, más íntimo, menos ritualizado. Pero el sentido profundo de despedir con respeto a un ser querido, ese, sigue intacto.
Me animé y le pregunté: —¿Qué es la muerte, Panchi?
«A la pucha!», exclamó, entre un gesto de sorpresa y una pausa larga, como quien siente que no se le puede faltar el respeto a esa pregunta. «Es un paso a la eternidad», dijo finalmente. «Un paso al descanso, a la paz….”. Y enseguida recitó: “Paz en esta mansión donde se acaba el orgullo, la pobreza, el placer y la ambición. Cesa del hombre el poder, reina el silencio profundo y Dios, rey de todo el mundo, se deja comprender…”. Una frase que alguna vez leyó en la entrada del cementerio de un pueblo muy chiquitito y que le quedó grabada en la memoria.
Con más confianza, Panchi se anima a compartir algunas experiencias personales. Por ejemplo, cuenta que en ocasiones le han hecho pedidos curiosos, como enterrar a alguien junto a sus animales. También que le hacen muchos chistes y reconoce que ya no puede hacerse cargo personalmente de los servicios cuando muere un niño y enseguida se va del lugar. “Eso me supera”, confiesa, “más cuando tenés nietos.”. De igual manera, comenta que hoy en día mucha gente prefiere la cremación. Es un cambio cultural fuerte, y el porcentaje de quienes la eligen es cada vez mayor, aunque —destaca— en Esquel todavía no se ha podido instalar un crematorio por falta de gas.
Y hablando de nuestra ciudad, dice que hoy la ve, o la siente, un poco estancada. Sin embargo, no duda en destacar que aquí consiguió muchos amigos. “Buenos amigos” —subraya—, y cuando se le pregunta si volvería a hacer lo mismo, afirma con convicción: “Sí, porque siempre he tratado de ayudar”.
No podía terminar esta nota sin hacerle la última pregunta que Luis Novaresio suele plantear en su programa televisivo: —¿Nos morimos… y qué pasa?. Esta vez, Panchi me sorprendió a mí. La respondió con una sonrisa y sin rodeos: —“No sé… porque ninguno volvió para contarme”. Sin embargo, enseguida recuperó la formalidad y agregó, con tono sereno: “—Me parece que se termina todo… a pesar de ser creyente”.
Así, a los 75 años, Panchi sigue estando ahí, con la misma entrega de siempre, acompañando en ese instante sagrado donde el dolor se hace lágrima, el recuerdo abrigo y el servicio, un acto de amor silencioso. Como lo ha hecho toda la vida: con respeto, con entereza, y con esa amabilidad y corrección que siempre lo ha distinguido como persona.-





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