“Nuestros vecinos” rescata la historia, el trabajo y los valores de personas que dejaron huellas en la comunidad. Un homenaje a quienes, con esfuerzo silencioso y compromiso cotidiano, ayudaron a moldear la identidad de Esquel.
Isabel Parra («Betty»): la historia silenciosa del Laboratorio Gerosa
Isabel Parra —para todos, simplemente “Betty”— nació en Córdoba capital, y fue en su ciudad natal donde comenzó a escribir los primeros capítulos de una vida marcada por la vocación, la sensibilidad y la firmeza silenciosa. Eligió estudiar bioquímica en la Universidad Nacional de Córdoba, una carrera exigente que enfrentó con esa mezcla de disciplina y pasión que la acompañaría siempre.
Ya avanzada la carrera, en tercer año, Betty tuvo una certeza que la impulsó a actuar: necesitaba conocer de cerca el mundo hospitalario, practicar, enfrentarse al ritmo real del trabajo que la esperaba una vez recibida. No se quedó en la teoría. Entró al laboratorio de un hospital. Así era ella: práctica, decidida, con una claridad admirable sobre lo que quería.
Fue en esos años universitarios cuando conoció a Sergio Gerosa. Se enamoraron, y comenzaron una historia que, como todas las que valen la pena, se tejió con tiempos distintos y con confianza. Betty terminó primero, y esperó. Lo esperó a él, que —según ella cuenta con una sonrisa— prefería “girar” más que estudiar. Pero también nos confió que Sergio era muy inteligente, y que con esa inteligencia empataba todo en cualquier momento. Esa fe en el otro, esa mirada que sabía ver más allá del momento presente, fue una de sus formas más profundas de amar.
En esa espera nació su primera hija, Paula. Tiempo después, Sergio rindió las siete materias que le faltaban y se recibió. Entonces, en ese año 1974, comenzó otra historia: en un Fiat 600 que les había regalado Emilio Gerosa, el padre de Sergio, emprendieron el viaje hacia Esquel, la ciudad natal de él. Todas sus pertenencias cabían en ese auto, aunque sus sueños eran mucho más grandes.
Emilio los esperaba con los brazos abiertos. Estaba feliz de tenerlos cerca —aunque, según dice Betty con ternura, más feliz aún de tener cerca a su nieta—. Les había preparado un pequeño departamento, y en una casa ubicada en la esquina de 25 de Mayo y San Martín armaron el “Laboratorio Gerosa”. Allí empezó a tomar forma un proyecto que no solo era laboral, sino profundamente familiar, tejido con esfuerzo compartido y con una mirada común hacia el futuro. En ese entonces, sólo estaba el IBE (Instituto Bioquímico Esquel).
Tantas eran las limitaciones de ese entonces en el pueblo, que para montar la parte de extracciones tuvieron que improvisar con lo que había: no existían las divisiones de vidrio ni los recursos que hoy parecen tan básicos. Betty recuerda que colocaron cortinados gruesos para crear una separación dentro del espacio. Así empezaron: haciendo mucho con poco, y con una enorme determinación de brindar un servicio serio, humano y profesional, en una ciudad que también estaba empezando a crecer.

“Nos hicimos querer enseguida. A Sergio lo apreciaban mucho”, dice Betty. En poco tiempo, la comunidad de Esquel les abrió las puertas y el corazón. Con una calidez recíproca, Betty y Sergio no solo ofrecían un servicio esencial, sino que lo hacían con humanidad y respeto.
Al principio, atendían en promedio a cuatro pacientes por día (cuatro pacientes por día!!!). Se hacía todo lo que se podía hacer en Esquel con las limitaciones propias del lugar: extracciones, análisis, recepción, limpieza, control de reactivos, aunque lo más complejo –que era la mayoría- lo enviaban a Bahía Blanca y los resultados tardaban una semana en llegar. No había tareas menores. Sergio y Betty estaban en cada rincón del laboratorio. No había especialización ni compartimentos.
Siempre priorizaron la calidad. “No sabés las veces que tuvimos que repetir los análisis por la inseguridad de los resultados. Es algo —dice Betty— que no pasa ahora con los equipos que hay”. Eran otros tiempos. Cada análisis era, en cierto modo, un acto artesanal: requería tiempo, paciencia y una enorme responsabilidad. Si había que repetir, se repetía.
Con el tiempo, llegaron también nuevas oportunidades. “Con la llegada de la presa” —dice Betty, en referencia a la obra de la Presa Futaleufú— “nos ofrecieron hacer todos los análisis de las tres empresas contratadas”. Era un trabajo enorme para un laboratorio que había empezado con cuatro pacientes por día. “Eso representaba unos diez más cada dos días, aproximadamente, así que fijate… con eso éramos reyes”, recuerda con una mezcla de asombro y orgullo.
La primera gran transformación tecnológica llegó en 1975, cuando pudieron comprar su primer autoanalizador gracias a un crédito del Banco del Chubut. “Eso cambió todo”, afirma Betty sin dudar. Hasta entonces, cada procedimiento era manual: reactivos preparados a mano, tubos de ensayo enormes, fórmulas anotadas con cuidado y drogas que llegaban desde Buenos Aires, muchas veces con demoras o complicaciones.
Ese primer equipo no solo alivió la carga de trabajo, sino que marcó el inicio de una nueva etapa para el laboratorio. Les permitió agilizar procesos, ganar precisión y ampliar la capacidad de respuesta sin perder el rigor que siempre los caracterizó. Fue una inversión importante, casi un salto al vacío, pero también una muestra más de su voluntad de crecer con responsabilidad, sin dejar de lado la calidad ni el compromiso con sus pacientes. “Fue un cambio rotundo, sobre todo en la exactitud”, señala Betty.
En 1995 ocurrió algo impensado: Sergio falleció repentinamente, producto de un aneurisma. Algo que —como reflexiona Betty— hoy tal vez podría haberse operado, pero que en aquel entonces no tuvo remedio. Fue un golpe devastador. La pareja tenía cuatro hijos, y de un día para otro, todo cambió. “Más de una vez mis hijos me encontraron llorando porque tenía todo en la espalda”, recuerda con una honestidad que estremece.
Pero el dolor, profundo e ineludible, no detuvo el impulso de seguir. Betty se puso al hombro el laboratorio. No solo porque lo amaba, sino porque era también su fuente de sustento. Había que salir adelante, por ella y por los chicos. En ese momento difícil, la acompañaban en el trabajo un bacteriológico y un ayudante. Este último —dice con gratitud— “fue de oro”.
Con fuerza serena, sin estridencias, Betty sostuvo todo. El dolor, la crianza, el trabajo. Siguió abriendo la puerta cada mañana, atendiendo pacientes, revisando resultados, administrando recursos, tomando decisiones. No bajó los brazos. Fue su modo de honrar lo que habían construido juntos, pero también de mostrarles a sus hijos que se puede seguir, incluso cuando el corazón está roto.
Con el tiempo, el esfuerzo tuvo recompensa. Dos de sus hijas, Paula y Loreley, eligieron seguir sus pasos y se recibieron también de bioquímicas. A ellas se sumó el marido de Paula, Javier. Los tres, con convicción y cariño, decidieron volver a Esquel e incorporarse al laboratorio.
Fue una nueva etapa, distinta, con energías renovadas pero el mismo espíritu. El laboratorio que había empezado con tubos enormes, cortinas gruesas y análisis hechos a pulso, ahora se proyectaba al futuro de la mano de una segunda generación. Betty, lejos de retirarse, acompañó esa transición con sabiduría, orgullo y una enorme gratitud. Ya no estaba sola: la historia que había empezado con Sergio seguía viva, y lo hacía en manos de sus propias hijas y de su yerno.
El laboratorio creció tanto que, con el tiempo, quedó chico. Pero Betty no se conformó. Fiel a su estilo, volvió a apostar al futuro. Invirtiendo sus propios ahorros y creyendo —una vez más— en el valor de lo construido con esfuerzo, tomó una decisión que marcaría otro hito: hacer algo más grande, más moderno, más acorde a lo que la comunidad merecía. Así nació el fantástico laboratorio bioquímico que hoy funciona en pleno centro de Esquel, testimonio vivo de una trayectoria forjada con trabajo, visión y corazón.
—¿Qué te dejó Esquel? —le pregunté. —Esquel me dejó todo —me contestó—. No lo cambiaría por nada. Hay muchas cosas que mejorar, pero creo que se pueden hacer.
Hoy, con los años a cuestas pero con la memoria nítida, Betty repasa esa historia con emoción. Reconoce el esfuerzo, los días duros, las lágrimas, pero también todo lo que construyeron. Y sonríe, porque sabe que valió la pena. Que no solo levantaron un laboratorio, sino también una forma de hacer las cosas: con dedicación, honestidad, compromiso y una calidez humana que nunca se negoció.
Ya no está en el día a día del trabajo, pero su presencia permanece. En los pasillos, en las decisiones, en la mirada atenta de sus hijas cuando revisan un resultado, en la confianza de los pacientes que siguen eligiendo ese lugar, generación tras generación. El Laboratorio Gerosa es una historia de amor, de esfuerzo y de continuidad. Y en el centro de todo, con perfil bajo pero con una huella imborrable, siempre está ella: Isabel Parra. “Betty”, simplemente, para todos nosotros.-





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