Durante la última década la sociedad Argentina fue violentada por discursos de pequeños grupos de personas autodefinidas “feministas”, pero que en realidad nada tenían que ver con la defensa de los derechos de las mujeres, sino que su discurso tenía como finalidad el quebrantamiento social y la destrucción de la familia.
Estos grupos, apoyados por los gobiernos kirchneristas, no sólo impusieron la violencia a la sociedad argentina, sino que eran financiados políticamente a través del “ministerio de la mujer”, con un presupuesto sin control alguno, de miles de millones de pesos.
La mentira y la sobre exageración de los datos reales fueron tan fuertemente instalados, que lograron cooptar mentes débiles en varios ámbitos sociales. El falso feminismo se convirtió en un gran negocio y en una fuente de ingresos para muchos actores.

Invadieron, incluso, al Poder Judicial, con juezas y fiscales que impusieron su fanatismo dogmático y su aberración narrativa por sobre la Ley, convirtiendo a la justicia argentina en un circo miserable de la más baja sinrazón, discriminatorio, prejuzgando a los hombres por su condición masculina y humillando a las mujeres que no se sienten identificadas con ese tipo de acciones inconcebibles.
Así fue como se aprobaron en el Congreso leyes imbéciles y totalmente anti constitucionales como las relativas a lo que bautizaron como “violencia de género”, en donde la igualdad entre personas se tiró a la basura y se permitió la violencia jurídica contra los hombres, los cuales quedaban totalmente desamparados del principio de inocencia por el simple hecho de haber nacido con pene.

Así, cualquier delincuente de sexo femenino podía denunciar a cualquier hombre, y sin la más mínima prueba o certeza de veracidad del relato, la ley kirchnerista impone a los jueces y fiscales tomar acciones violentas contra los hombres, que no sólo se limitaban a prohibiciones de acercamiento a lugares cuya presencia es necesaria, sino también obligándolos a incluso mudarse y afrontar costas y condiciones de vida para los cuales muchos no tienen recursos económicos suficientes.

Es así como el kirchnerismo convirtió a las delincuentes en santas, con el pretexto de defensa de los derechos de las mujeres.
Pero el dogmatismo impuesto fue mucho más allá y convirtió en víctimas a cualquier persona de sexo femenino -o que se autoperciba de sexo femenino-, criminalizando cualquier hecho o circunstancia de la vida común y corriente bajo el paraguas de la “violencia de género”.
Los números que destruyen el relato feminista.
Mientras tanto, la realidad muestra otro panorama. Los números oficiales volcados en las estadísticas criminales de cada provincia argentina, al mando de diversos gobernadores de distintos partidos, muestra que casi el 83% de los homicidios tiene como víctimas a personas de sexo masculino.

Resulta abrumador ese número porque es evidente y contundente la enorme mayoría de víctimas hombres por sobre las víctimas mujeres.
¿Tendría que crearse el “Ministerio del hombre”?
No, por supuesto que no. Si siguiéramos la línea de la imbecilidad, el cinismo y la perversidad kirchnerista y de los movimientos feministas, tendríamos sobrados motivos para crear un ministerio nefasto y corrupto como fue el ministerio de la mujer. Sin embargo, lo que sí se debe hacer es luchar contra toda forma de violencia, sin distinción de sexo ni edad.
Fin del discurso del falso feminismo.
Hoy en día, y desde hace décadas, existe en nuestro país la igualdad de derechos consagrada en la Constitución Nacional. Quien así no lo entienda es simplemente un ignorante.
No existe en nuestro país desigualdad alguna entre hombres y mujeres en materia de derechos. Para las personas mentalmente sanas y cultas, esto es algo claro y palpable, que no merece mayor análisis. Sin embargo, el contexto cultural precario instalado y fomentado durante el kirchnerismo nos obliga a tratar temas básicos que debieran enseñarse en las escuelas a temprana edad.
Incluso, hay ámbitos en los que a veces algunas normas pueden resultar perjudiciales; por ejemplo, en el caso en el que no haya suficientes mujeres que estén interesadas en pertenecer a cuerpos legislativos, se fuerza mediante cupos mínimos a la participación de personas que, quizás, no tengan la capacidad, idoneidad o formación suficiente respecto a otra persona del sexo opuesto, para el cargo ocupado por la imposición de un cupo femenino.
En nuestro país, tanto hombres y mujeres ocupan cargos jerárquicos, técnicos, intelectuales, sin distinción de sexo, más que por su idoneidad, formación y/o experiencia.
Es hora de erradicar los discursos grotescos, bestiales y primitivos que los gobiernos populistas e ignorantes nos impusieron como verdad absoluta para corromper al estado y destruir a las familias argentinas.





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