NUESTROS VECINOS
“Nuestros vecinos” rescata la historia, el trabajo y los valores de personas que dejaron huellas en la comunidad. Un homenaje a quienes, con esfuerzo silencioso y compromiso cotidiano, ayudaron a moldear la identidad de Esquel.
Entre cables y profundidades: la vida intensa de Ricardo Bartolomé
Ricardo Bartolomé tiene hoy 82 años y conserva intacta la memoria de una vida intensa, marcada por el trabajo, su pasión por el buceo y la electricidad, y un vínculo profundo con la comunidad.
Llegó a Esquel en septiembre de 1961, cuando el pueblo todavía tenía más calles de tierra que de asfalto. Sus padres eran los dueños de la primera cafetería de Mar del Plata, llamada “Cafés y Tés San Vicente”. Allí, en la ciudad feliz, trabajaba en un taller de Fangio haciendo electricidad del automóvil, un oficio que le permitía entender a fondo los circuitos, los sistemas, y el pulso eléctrico que daba vida a los motores.
Cuando le pregunté por qué eligió ese trabajo y dónde había estudiado, me respondió sin dudar: «Fui autodidacta. Siempre tuve buena afinidad con la electricidad, y la mayoría lo aprendí en los talleres.» Y agregó con una sonrisa: «Los talleres eran una especie de Politécnica gratis.»
Su formación no fue académica, pero sí rigurosa, hecha de prueba y error, de observar, de leer algunos libros, y de preguntar y hacer. Esa forma de aprender —desde la experiencia— fue también la que lo conectó con la gente y con la realidad del trabajo cotidiano, en una Argentina que, como ahora, pedía oficio, dedicación y sentido común. Sin saberlo, se estaba preparando para un destino que lo llevaría lejos de la costa, a un rincón austral que terminaría sintiendo como propio.
Un día, mientras trabajaba en el taller, conoció a “Toto González”, un vecino de Esquel que tenía un importante taller en la ciudad cordillerana. Charlaron, compartieron ideas y enseguida surgió la propuesta: Toto le ofreció trabajo en Esquel.
No lo dudó. Con apenas 21 años, aceptó el desafío. «Vine en tren», cuenta. Llegó y se puso a trabajar de inmediato, sin más plan que el de hacer lo que sabía con ganas y dedicación.
Después de algunos años de trabajo, decidió abrirse camino por su cuenta y montó su propio emprendimiento. Con herramientas, conocimiento y mucha voluntad, empezó a ofrecer un servicio cada vez más demandado: la reparación de grupos electrógenos. «Atendí el 99% de los generadores de la zona», dice con orgullo.
De aquellos primeros años en Esquel guarda recuerdos entrañables: «Era hermoso vivir en Esquel. Nos conocíamos todos. Faltaban muchas cosas, pero nos arreglábamos de otras maneras. El crédito, por ejemplo, era la palabra. Faltaba de todo y eso agudizaba el ingenio.»
Y ejemplifica con una comparación clara: «En Mar del Plata, por ejemplo, si el problema era una bobina, nos daban una bobina nueva enseguida. Aquí, en cambio, tuve que aprender a bobinar.» Así, a fuerza de necesidad, fue ampliando sus saberes y volviéndose cada vez más versátil.
Nos siguió contando: «Esquel pegó un salto económico muy grande con la Presa. En mi caso particular, en esa época crecí mucho.» El movimiento de empresas, camiones, obras y personal técnico generó una demanda que excedía lo habitual. «Atendía a todas las empresas contratistas que había, menos a Techint —aclara— y no porque no supiera, sino porque no me daba el cuero ni el tiempo de tanto trabajo que había.» Fue una etapa intensa, de jornadas largas y crecimiento profesional sostenido, que consolidó su nombre como referencia en el rubro.
Pero el haber venido a Esquel no le hizo olvidar ciertas cosas de Mar del Plata, especialmente una experiencia que le quedó grabada para siempre: una jornada de buceo con la Marina, que marcaría el inicio de una pasión duradera.

«Fue una sola vez, pero me quedó grabado. Me metí al agua con los buzos de la Marina y supe que eso era algo que no iba a soltar más.»
Y no lo soltó. Aunque esa pasión por el buceo se mantuvo latente durante años, la realidad económica la postergó. «Era imposible comprar equipos tan caros», admite. Sin embargo, el destino volvió a ponerlo cerca del agua: Parques Nacionales necesitaba un electricista para realizar una instalación en una embarcación. Allí fue Ricardo, y pasó una semana trabajando en el Lago Futalaufquen. «Ahí conocí el color de las aguas de estos lugares», recuerda. Y fue entonces, a cientos de kilómetros del mar y rodeado de cordillera, cuando encontró en los lagos y embalses del sur el escenario perfecto para comenzar a bucear en serio.
Se juntó con un grupo de amigos —Alejandro Castellanos, Solecio Del Mar, Jorge Vaccetti, Alejandro Nápoli, “Pipa” Crescenzi, Regis Hammond y Ludomiko Armando Nemec— y juntos crearon el CASE: el Círculo de Actividades Subacuáticas Esquel.
Pero había un problema: necesitaban trajes de buceo, lo más importante y también lo más costoso. Y fue entonces cuando volvió a aparecer ese espíritu típico de los primeros tiempos en Esquel, marcado por la solidaridad y la confianza. Alguien habló con Alejandro Del Blanco, y él no dudó: puso todo el dinero necesario para comprar los equipos. «Así se hacía todo en Esquel», recuerda Ricardo. «Le pagábamos una cuota por mes, sin documentos y sin nada.» Un trato de palabra, respaldado por la mirada, que valía más que cualquier firma.
«Íbamos al lago, al río… donde había agua, nos metíamos», dice Ricardo, entre risas y recuerdos. Y así, casi sin proponérselo, empezaron a hacerse conocidos.
Con el tiempo, el grupo original se disolvió, pero Ricardo no dejó de bucear: siguió haciéndolo junto a un nuevo compañero, César Resenite, con quien compartió muchas de las experiencias posteriores bajo el agua.
La pasión por el buceo y el compromiso con la comunidad también lo llevaron a afrontar situaciones difíciles, que no estaban en sus planes, pero que asumió con entereza porque en los peores momentos de sus vidas familiares desesperados se lo pedían: colaborar en búsquedas y rescates en las frías aguas del sur.
«No era lindo —admite— pero lo hacíamos porque había que hacerlo. Porque en Esquel, cuando hacía falta, nadie miraba para otro lado.»
En total, rescató 49 cuerpos del agua. Un número que impresiona, pero que él jamás usó como bandera.
Lo más llamativo —y profundamente humano— es que nunca cobraron –ni él ni quienes lo acompañaban- un solo peso por esas tareas. Cuando alguien los necesitaba, dejaban todo: el trabajo, los compromisos, el descanso. «Una vez estuvimos un mes entero en Río Pico», recuerda Ricardo. Y no lo dice con dramatismo ni con soberbia, sino con la serenidad de quien sabe que hizo lo correcto. Porque así entendían el compromiso solidario: como un deber silencioso, nacido del corazón y de ese lazo invisible que une a quienes eligen quedarse, ayudar y dar.
Todavía recuerda que, en esas épocas, la seguridad era prácticamente nula.
Buceaban sin los equipos adecuados, sin tecnología ni protocolos, solo con coraje, instinto y una vocación firme de ayudar.
También habla con orgullo de haberles transmitido a sus hijos ese mismo amor por el agua. «Desde los 6 o 7 años ya buceaban conmigo», dice.
Y junto a ellos le tocó vivir uno de los momentos más impactantes: colaborar en la tragedia del Dique Ameghino, donde una pasarela cedió durante un viaje de estudio y murieron ocho alumnos y una maestra. «Fue muy triste. Pero uno sentía que tenía que estar», resume. Porque cuando la comunidad llamaba, él siempre estaba.
Hoy, a sus 82 años, Ricardo Bartolomé sigue siendo ese hombre curioso, amable, comprometido y generoso que llegó a Esquel con una valija, un oficio y muchas ganas de trabajar. Ha visto crecer la ciudad, ha dejado huella en sus calles, en sus talleres, en sus aguas, y sobre todo, en las personas.
Con la serenidad de quien ha vivido intensamente, reflexiona: “El Esquel de hoy es muy distinto. A veces lo veo muy interesado. Antes era mucho más solidario. Lo digo en general, porque yo me siento muy respetado, aunque sé que la edad te da ciertos privilegios.”
Y así, entre recuerdos y certezas, entre motores y lagos, sigue siendo parte viva de una historia que lo incluye, lo trasciende y lo honra.
Muchas gracias, Ricardo, por todo lo que hiciste. También por lo que nunca cobraste, por lo que dejaste de lado cuando te necesitaron, y sobre todo, por estar ahí cuando nadie más podía estar.-





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