“Nuestros vecinos” rescata la historia, el trabajo y los valores de personas que dejaron huellas en la comunidad. Un homenaje a quienes, con esfuerzo silencioso y compromiso cotidiano, ayudaron a moldear la identidad de Esquel.
Luis Ripa: más allá del Derecho, un legado de vida
Luis Ripa es, ante todo, un abogado de los de antes. De esos que entienden el Derecho no solo como una profesión, sino como un servicio a la comunidad. En Esquel, su figura está asociada a la seriedad y a una manera de ejercer la abogacía que combina la tradición con un trato respetuoso hacia el colega y hacia las personas.
Heredó el amor por la abogacía de su padre, uno de los primeros abogados de Esquel, en tiempos en que el Derecho recién comenzaba a desarrollarse en la ciudad. Eran años en que se contaban con los dedos de una mano quienes ejercían la profesión: Julián Ripa, Benito Fernández, Oses, Ricardo Ángel Pedro Gerosa y algunos pocos más, que marcaron los primeros pasos de la vida jurídica en la región.
Tal es así que, cuando alguna vez le pregunté a sus hijos por qué Luis había querido ser abogado, medio en chiste pero también con algo de verdad, me respondieron: “porque no conocía otra cosa”.
Con el tiempo, y gracias a su voluntad inquebrantable de seguir forjando la profesión, Luis Ripa se convirtió en uno de los abogados más antiguos en ejercicio de la ciudad. Y entonces ocurrió una de esas casualidades que siempre teje el destino: cuando se creó el Colegio Público de Abogados y hubo que matricularse nuevamente, su nombre quedó grabado como el número 1 del folio 1 del tomo 1. Más que un trámite administrativo, aquel primer lugar en los registros se transformó en un símbolo de su trayectoria y en un reconocimiento silencioso a toda una vida dedicada al Derecho.
Pero su llegada a esa instancia no fue sencilla. Empezó estudiando en La Plata, rindiendo materias libres, y luego pasó a la Universidad de Buenos Aires, donde vivía en lo de su tío Mariani. En aquellos años todavía existía el servicio militar obligatorio y Luis, que había pedido prórroga para poder avanzar con la carrera, no alcanzó a recibirse antes de que le tocara incorporarse. Le faltaban todavía seis u ocho materias cuando debió partir a cumplir con el servicio, que finalmente hizo en el Distrito Militar Trelew.
Allí comenzó otra historia, quizás la más importante de su vida. En un “asalto” —así se llamaban entonces a las fiestas en casas particulares— en el Tenis Club de Trelew, conoció a Margot, quien se convertiría en su compañera de toda la vida y su actual esposa. Estuvieron un año de novios y en ese tiempo proyectaron juntos un futuro en común. Pero había un detalle que no era menor. O mejor dicho, dos: Luis todavía no podía casarse porque no había terminado la carrera de abogacía, y los padres de Margot no le permitían venir a vivir a Esquel si no estaban casados, porque era menor de edad. Tradiciones de otra época que condicionaban los sueños de los jóvenes enamorados.

Sin embargo, un poco más tarde la suerte jugó del lado de Luis. Su hermano “Toti” también debía cumplir con el servicio militar, y los reglamentos de la época establecían que no podían estar dos hermanos prestando servicio al mismo tiempo. Esa circunstancia le permitió obtener el alta antes de lo previsto. Sin perder tiempo, viajó enseguida a Buenos Aires y rindió las materias que le quedaban pendientes, encaminando así el cierre de su carrera y el cumplimiento del sueño de recibirse de abogado.
Terminó de rendir a fines de septiembre de 1964 y regresó a Esquel para casarse con Margot, dando inicio a la vida que habían soñado durante su año de noviazgo. Con entusiasmo y determinación, se incorporó de inmediato al estudio de su padre, que originariamente funcionaba en la calle Sarmiento casi Rivadavia y en ese entonces ya estaba en la Avenida Fontana.
A lo largo de todos estos años, por el estudio pasaron o practicaron numerosos abogados. Luis recuerda con detalle cómo se trabajaba en aquellos tiempos: todo debía pasarse a máquina con papel carbónico, por triplicado. Incluso a Margot le tocaba copiar poderes cuando había mucho trabajo acumulado. El ritmo era distinto, más lento, pero también más puntilloso: si en una hoja se repetía por error una palabra en una frase, la hoja se rompía y había que tipearla nuevamente desde cero. Hoy resulta casi imposible imaginarlo, cuando una computadora puede hacer en segundos lo que entonces requería paciencia, precisión y dedicación minuciosa.
Luis dedicaba gran parte de su tiempo al ejercicio de la abogacía de manera liberal, pero su actividad profesional no se limitaba a su estudio. Fue profesor de “Instrucción Cívica” en la Politécnica y también ejerció como abogado del Banco del Chubut durante 35 años, cuando esos cargos se obtenían más por mérito y reputación que por otras cuestiones.
La relación entre los colegas también era muy distinta a la de hoy. A pesar de ser a veces adversarios en los tribunales, existía una amistad y un respeto mutuo que marcaba la profesión de aquellos tiempos. Los abogados eran pocos, y por lo general se reunían semanalmente, en días preestablecidos, para compartir juegos de paddle, mantener la camaradería y fortalecer lazos dentro de la comunidad jurídica. También se desarrollaban las “Olimpíadas Judiciales”, donde llegaban profesionales de toda la provincia, combinando competencia, camaradería y diversión en un encuentro que fortalecía los vínculos entre colegas.
Algo que siempre nos llamó la atención de Luis fue su disciplina rígida, casi militar (¿le habrá quedado de sus épocas del servicio militar?). Nada se dejaba al azar: sus horarios, la organización del estudio, la manera de preparar los expedientes… todo tenía su orden y su ritmo. Incluso en los momentos más cotidianos, se notaba esa precisión que a veces generaba sonrisas entre quienes lo rodeaban y en algunos colegas más jóvenes, pero que al mismo tiempo aseguraba que nada se escapara y que todo se resolviera con eficacia.
Su plan diario predeterminado no nos deja mentir: a las 6 se levantaba, a las 8 tomaba un café casi religioso con sus amigos. En un primer momento lo compartía con Jovanovsky, Alfredo Mohuanna, Edgar Saulo, Carlos Azparren y ‘Monchi’ Anton; luego se sumaron el ‘Planta’ Williams, Ricardo Lochoki, Eduardo Samamé, ‘Puppe’ Wengier y ‘Pepe’ Venancio. Los cafés se tomaban primero en el Jabalí Rojo de la calle 25 de Mayo, luego en la confitería Exedra y, en los últimos tiempos, en María Castaña. A las 12 “se come” (así decía expresamente, y no lo cambiaba ni por un allanamiento al Presidente), de 13 o 13:30 la siesta, y de 15 a 20, vuelta al trabajo en el estudio. Un ritmo casi militar, casi ritual, que hacía que quienes lo rodeaban supieran exactamente cuándo esperar encontrarse con él y con su disciplina impecable.
A fines de los años 80, Luis incorporó otra rutina a su vida: empezó a salir a correr todos los días, algo que, según él, “le alargó la vida”. Los fines de semana se animaba al ciclismo junto con Randall Rowlands, siempre buscando mantenerse activo. También practicó “papi fútbol”, pero un día decidió dejarlo: “si me quebraba, no podía trabajar en el estudio”, comentó entre risas. Así de obsesivo era con su trabajo.
Pero Luis no fue sólo un abogado de escritorio. También desempeñó un destacado rol social, siendo presidente del Club San Martín durante casi 20 años. Durante ese tiempo, junto con un grupo formidable —compuesto entre otros por “Chula” Campos, “Puppe” Wengier, “Goyo” Alonso, “Pili” Diez, Pedro Diez y Herman Torres— hicieron de todo para lograr la construcción del estadio que hoy se encuentra en la esquina de Fontana y Alvear. Organizaron visitas de la tercera de River Plate, con jugadores como Claudio Paul Caniggia y Pedro Troglio; llevaron adelante bailes con bandas como “Manzanita de Cristal” y “Porrón” de cantante; trajeron artistas de la talla de Mercedes Sosa, Dyango, Sandro y León Gieco; y también recibieron personalidades como Carlitos Balá.
Pero lo más destacado, sin dudas, fueron los festivales de boxeo que organizaron para recaudar fondos. En una ocasión trajeron a Santos Benigno Laciar, acompañado de un chileno de sparring que, según cuentan, parecía un “paquete” por lo flojo que estaba, y nada menos que a Carlos Monzón en noviembre de 1987. Aunque ya retirado, Monzón seguía en forma; esa noche peleó con un pupilo que lo acompañaba, convirtiendo el espectáculo en un evento inolvidable.
Muchos, empero, coinciden en que lo más memorable de ese viaje no fue la pelea, sino cuando Monzón se acercó al quincho de Luis para disfrutar de un asado con la comisión directiva. Entre risas y anécdotas, el campeón le dijo sin rodeos: “Muchos libros, muchos libros, pero poco whisky”. Particularmente, hubiera dado cualquier cosa por ver la cara de Luis en ese momento, siempre tan formal y circunspecto. Sin embargo, cuentan que no se quedó atrás: “recogió el guante” y enseguida tomó medidas para que Monzón pudiera saborear la bebida sin falta, demostrando su humor y su capacidad para adaptarse incluso en situaciones inesperadas.
Finalmente, después de años de esfuerzo y dedicación, el estadio se terminó y la comisión directiva se disolvió, dejando atrás un legado imborrable en la ciudad.
Hasta que comenzó la pandemia, Luis siguió trabajando con la misma pasión en su estudio jurídico. Sin embargo, un día sufrió la fractura de la cadera y tuvo que ser operado en Trelew. Poco después recibió una noticia que cambiaría su ritmo de vida: su corazón estaba obstruido y debía cuidarse. Sus hijos, dos de ellos abogados, no lo dejaron retomar el ritmo implacable que siempre tuvo, y poco a poco se fue retirando de la actividad diaria. Además, “con la digitalización se encontró con otro mundo”, comentan sus hijos, una transformación que le ha tocado vivir a muchísimos profesionales de su generación.
Hoy, Luis Ripa sigue siendo un referente vivo de su generación, un testimonio de cómo se puede construir una vida plena combinando pasión por el trabajo, amor por la comunidad y afecto por quienes nos rodean. Su trayectoria no se mide solo en los años dedicados al estudio de abogacía, ni en las causas que defendió, ni en los proyectos sociales que lideró; se mide también en la forma en que siempre trató a colegas, clientes y amigos.
Su ejemplo nos recuerda que la grandeza verdadera no está solo en lo que logramos, sino en la huella que dejamos en los demás, en la pasión que ponemos en cada tarea, en la lealtad a nuestras convicciones y en la generosidad para compartir la vida con quienes tenemos cerca. Luis Ripa sigue enseñándonos que un legado no se construye solo con éxitos profesionales, sino con humanidad, disciplina y corazón.-





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