NUESTROS VECINOS
“Nuestros vecinos” rescata la historia, el trabajo y los valores de personas que dejaron huellas en la comunidad. Un homenaje a quienes, con esfuerzo silencioso y compromiso cotidiano, ayudaron a moldear la identidad de Esquel.
Desde Weiler a Esquel: la increíble historia de Carlos Becker
Carlos Becker es una de las personas más longevas de Esquel. Tiene 92 años y nació en 1933, en Weiler, un pequeño poblado alemán que hoy forma parte de Keltern3. Desde allí, y atravesando una Europa aún marcada por las secuelas de la guerra, su historia lo fue llevando a miles de kilómetros de distancia, hasta asentarse definitivamente en la cordillera patagónica.
El paso del tiempo nos ha impedido que él mismo cuente, con su propia voz, todo lo que vivió. Hoy, su mente y su habla son lentos. Por eso, en esta entrevista, fueron sus hijos —Alfredo y Marian— quienes, con generosidad, nos ayudaron a reconstruir el camino de aquel alemán emprendedor que, con coraje y decisión, supo abrirse paso en un mundo nuevo sin renunciar nunca a su esencia.
Cuando le preguntamos qué recuerdos tenía de la guerra, prefirió no contestar. Es entendible. Era apenas un chico cuando el conflicto arrasaba Europa, y seguramente vivió —como tantos otros— privaciones, miedo, pérdidas, y un dolor que deja marcas difíciles de nombrar. Algunas historias, simplemente, se guardan en el silencio.

Eso sí, su hijo nos contó que en esa época Carlos solo pudo cursar primer, tercer y quinto grado. Los otros años se los llevó el caos de la guerra, o sea, la escasez de recursos, de maestros, de estructura.
La atmósfera de destrucción total que envolvía en aquellos años tanto a países como a las almas, alentó en muchos alemanes el deseo ferviente de emigrar y vivir bajo los preceptos de la Biblia. Buscaron consuelo, sentido y dirección en la fe, como una forma de reconstruir no solo lo perdido, sino también el futuro.
Así, a mediados de 1955, el destino llevó a Carlos a las Islas Malvinas. Con 47 compañeros más, todos trabajadores de una empresa alemana, fueron contratados por la corona británica para realizar obras civiles en las islas. La experiencia fue tan particular como significativa: sin buscarlo, Carlos empezó a acercarse a la Argentina, ese país inmenso y lejano que en ese entonces para él sólo era una idea en el mapa, pero que con el tiempo se transformaría en su hogar definitivo.
Todos los servicios sanitarios de las Islas Malvinas fueron hechos por ese grupo de trabajadores alemanes. En Puerto Stanley, donde vivían apenas 1.200 personas, pronto conocieron a casi todos los habitantes. La vida social, aunque limitada, tenía sus momentos: los kelpers los invitaban con frecuencia a reuniones, e incluso el propio Gobernador de las islas extendía invitaciones a encuentros informales. Sin embargo, el grupo era muy cerrado y no siempre asistían. Tal vez por pudor, por idioma, por diferencias culturales… o simplemente porque estaban enfocados en trabajar, cumplir, y pensar en lo que vendría después.
Allí, en medio de esa rutina de trabajo y clima hostil, Carlos Becker aprendió a hablar inglés a la perfección. Tanto que, según cuenta su hija con una sonrisa, “lo habla mejor que su nieta, que está por recibirse de profesora de inglés”. Fue una muestra más de su capacidad de adaptación y del espíritu alemán: disciplinado, constante, preciso, y siempre dispuesto a aprender lo necesario para salir adelante, sin hacer alarde.
A fines de 1958, el contrato en las Malvinas finalizó y el grupo volvió al continente. Pasaron seis semanas en Montevideo, luego seis más en Buenos Aires, y desde allí partieron rumbo al sur, en busca de un lugar donde establecerse definitivamente. Fue así como llegaron a orillas del río Limay, en plena Patagonia, donde fundaron lo que sería la Colonia Paso Flores. Carlos era el más joven del grupo.
Sin embargo, con los años, las tensiones internas comenzaron a crecer. La convivencia, las diferencias de criterio y quizás el peso de tantos años compartidos llevaron a una división inevitable. En 1971, el grupo se separó: una parte se instaló en Cholila, en la Hostería El Trébol, mientras que quienes permanecieron en Paso Flores tuvieron que reorganizarse y redefinir su vida comunitaria.
En septiembre de 1972, Carlos Becker y su familia regresaron a Alemania. Vivieron allí entre 1972 y 1976, en un intento por reconectar con sus raíces o, tal vez, por buscar nuevas oportunidades. Pero un día, sin que nadie lo esperara, Carlos anunció su decisión de volver a la Argentina. “¿Por qué?”, le preguntaron sus hijos. Y su respuesta fue tan simple como contundente: “Porque mis hijos son argentinos”.
A la vuelta, se instalaron primero en Bariloche. Carlos trabajó en el hotel Llao Llao, y luego como casero de la señora Frávega. Pero la distancia con las escuelas se convirtió en un problema serio: sus hijos no tenían acceso fácil a la educación, y eso pesaba mucho en sus decisiones. Fue entonces cuando, pensando en el futuro de la familia, decidieron mudarse a Cholila, donde aún vivía una parte del grupo original.
Con los últimos ahorros, compraron un terreno y una casa al señor Breide. Y allí, con el empuje de los comienzos verdaderos, montaron la primera panadería del pueblo. No fue fácil, pero como tantas veces en la vida de Carlos, el trabajo constante, la organización y el compromiso fueron claves para salir adelante.
En esos años, Carlos tomó una decisión que marcaría un nuevo giro en su vida: quería ser independiente. Ya no buscaba vivir bajo la estructura comunitaria, ni depender de acuerdos grupales. Con esa claridad que lo caracterizaba, les propuso un trato a sus amigos alemanes: les dejaba la casa y la panadería de Cholila si ellos le conseguían una vivienda en Esquel.
Carlos llegó a nuestra ciudad a dedo, en busca de trabajo. Caminó, preguntó, recorrió. En ese momento, en Esquel había solo tres panaderías, pero ninguna le ofreció empleo. Aun así, no se rindió. Finalmente, una persona le ofreció una casa que tenía en venta, y gracias al acuerdo previo, sus amigos alemanes la compraron y se la entregaron a cambio de la casa y la panadería de Cholila.
Con eso, Carlos pudo empezar de nuevo, ahora en Esquel, y lo hizo a su manera: con esfuerzo, con ingenio y con mucha discreción. Abrió su propia panadería, pero por respeto al contexto local, y para no herir susceptibilidades en tiempos aún sensibles tras la guerra, la llamó «Confitería Suiza». Una elección inteligente, humilde y cuidadosa, que dice mucho sobre su manera de ver el mundo.
“Vinimos sin nada de dinero ni de capital”, recuerdan sus hijos, pero Carlos siempre tuvo en cuenta lo que aprendió en Alemania: «el capital más importante de un pueblo es el capital de trabajo».
Una vez más, el comienzo no fue fácil. Como tantas veces en su vida, Carlos tuvo que ingeniárselas con lo poco que había. El primer horno de la panadería fue comprado de un viejo spiedo, rescatado de una rotisería que había cerrado sus puertas tras la partida de los trabajadores de La Presa. No era lo ideal, pero Carlos lo adaptó, lo hizo funcionar, y con eso empezó a hornear los primeros panes.
Carlos Becker ya había sido panadero, y además, durante su paso por Bariloche, había aprendido todo sobre el chocolate. Con ese conocimiento y su inagotable dedicación, no pasó mucho tiempo para que su confitería se convirtiera en «la cenicienta» de Esquel. Todo lo que le pedían, lo hacía. Siempre estaba abierta: sábados, domingos y feriados, sin descanso.
Las ventas comenzaron a crecer de forma notable, y en poco tiempo, la Confitería Suiza se transformó en un verdadero hito de la ciudad, el lugar elegido por muchos esquelenses para comprar panificados, tortas y delicias dulces. Más que una panadería, era una referencia entrañable, parte de la memoria afectiva de toda una generación.
Sin embargo, en 1999 las cosas comenzaron a cambiar. Las ventas empezaron a disminuir y nuevas panaderías fueron apareciendo en Esquel, con productos más económicos, pensados para un público masivo. La Confitería Suiza se mantuvo fiel a su estilo, a su calidad artesanal y a su forma de trabajar, pero los tiempos eran otros.
Así, con la misma dignidad con la que habían iniciado todo, Carlos y su familia tomaron la decisión de cerrar las puertas y dar por terminado ese emprendimiento que habían creado con tanto esfuerzo. No hubo estridencias ni lamentos: simplemente, como todo lo que Carlos hizo en su vida, fue una decisión silenciosa, meditada, tomada con orgullo por lo vivido y construido.
Hoy, a sus 92 años, Carlos Becker ya no puede contarlo con sus propias palabras, pero su historia sigue viva en quienes lo conocimos, en su familia, y en aquellos que alguna vez compraron pan o tortas en esa confitería alemana (aunque se denominó “Suiza”) que fue parte del corazón de Esquel.
Cuando me despedí de él para escribir esta semblanza, lo hice como lo hacía en mi juventud cada vez que salía de su negocio con esos “borrachitos” bien envueltos (conos de masa dulce con pasta húmeda con algún licor bañados de chocolate) que eran, sin dudas, lo más sabroso de su panadería. Le dije: “auf wiedersehen” (hasta luego).
Carlos me miró y, como siempre, me respondió con una sonrisa: “auf wiedersehen”.-





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