“Nuestros vecinos” rescata la historia, el trabajo y los valores de personas que dejaron huellas en la comunidad. Un homenaje a quienes, con esfuerzo silencioso y compromiso cotidiano, ayudaron a moldear la identidad de Esquel.
Eduardo De Bernardi; una vida de pasión y compromiso
La vida de Eduardo De Bernardi es intensa y está hecha de múltiples matices. No sólo es el brillante escribano que todos conocemos, un hombre que trabajó sin descanso y con una energía casi coreográfica. Esa persona que con una mano hablaba por teléfono y con la otra saludaba, mientras corría a una reunión, buscaba documentación o atendía a alguien que lo estaba esperando. No. También hay otro Eduardo. Pero como toda buena historia, conviene comenzar por el principio.
Su infancia y juventud transcurrieron íntegramente en Esquel, donde cursó primero en la Escuela N° 20 y luego en la N° 38, que con el tiempo se convertiría en la Escuela Normal. De esos años recuerda que, cuando empezó a tener conciencia, recién comenzaban las obras de cloacas en la ciudad.
Su padre, Alberto Camilo De Bernardi, aunque inició su carrera como procurador, fue uno de los escribanos más antiguos de Esquel. Abrió su escribanía en 1938 y, con el tiempo, Eduardo decidió seguir sus pasos. Al terminar la secundaria, se trasladó a Santa Fé para estudiar abogacía y notariado. Sin embargo, el calor sofocante y la humedad lo hicieron huir al poco tiempo hacia Córdoba, buscando un clima más amable para continuar sus estudios.
Cuando finalmente se recibió, no lo dudó ni un minuto: volvió a Esquel para trabajar junto a su padre. De Córdoba también regresó acompañado por Silvia Lanfranconi, el gran amor de su vida y quien con el tiempo se convertiría en su esposa. En aquel entonces, además de él, ejercían en la ciudad Carlos Paggi, Emilia Gobbatto, Carlos Beatove, Agustín Nores Martínez y Jorge Eyo. “Todo era más tranquilo —nos cuenta—No había tanta actividad.”
Le pregunté qué le gusta de ser escribano. “El escribano actúa cuando el derecho no está violado —me contestó—. Por eso es hermoso: la gente que va a ver al escribano lo hace porque le tiene confianza, no por necesidad. Nadie viene obligado; viene porque confía en que se le dará un consejo claro.”

Pero Eduardo, con esa picardía que lo caracteriza, en realidad me engañó y fue llevando la charla a otros aspectos desconocidos de él, que me parece que quería compartir porque eran tan importantes como su profesión, quizás por las relaciones o amigos que le dejaron, o por las anécdotas, o por las experiencias que lo marcaron.
Por ejemplo, me reconoció que lo atrajo siempre la velocidad, comenzando a correr en moto desde los 14 años, y que una vez, en el tranquilo pueblo, se corrieron cuatro carreras en un día y ganó un solo apellido: “Dos ganó Eduardo (es decir, él), una su hermano Luis y la otra su primo Carlos Rafael”. Lo dice con orgullo y con nostalgia, recordando aquellos días de juventud llenos de emoción, risas y un espíritu aventurero que lo acompañó siempre.
También que era fanático del automovilismo y que corrió mucho tiempo en auto con su amigo Sergio Gerosa. Corrían una etapa cada uno, porque entre los dos habían comprado un solo auto y, por lo tanto, lo tenían que compartir.
Vinculado con esa pasión por la velocidad y la aventura, realizó el curso de piloto privado de avión con un instructor polaco llamado Demetrio Kotesko en el Aeroclub de Esquel, del cual llegó a ser presidente. Durante ese periodo se compraron dos aviones y, junto a un grupo excepcional compuesto entre otros por Eduardo Samamé, Ramón Rizzo, Víctor Hugo Serra, Aníbal Nasif, “Panchi” Fiori, Roy Wergzyn, Gustavo Daleoso y Gustavo Cilio, hacían de todo: desde repartir el Diario El Chubut a los pueblos del interior, hasta realizar vuelos sanitarios.
“Era muy bohemia la aviación privada en ese entonces” —nos dice Eduardo—. Y siguió contándonos algunas anécdotas: que una vez tuvo un “percance” con un planeador, aterrizó mal y prácticamente lo destrozó; que con el tiempo compró su avión Beechcraft Bonanza; y que en otra ocasión, fueron al Lago Futalaufquen con su padre y sus tres hijos porque les pidieron sobrevolar un incendio. En esa oportunidad, el más chico, Rafael, quedó sentado en la cabina y, como todo niño, tocó todo. Al momento del despegue no se siguió el listado de chequeo como correspondía y resultó en “un despegue impropio, rompiendo todo”, dijo, usando la expresión como un eufemismo para describir el desastre. También nos contó, entre risas y casi en tono de confidencia, que cuando viajaba a El Bolsón solía pasar en vuelo rasante sobre la casa de su familia para avisarles que había llegado y que lo fueran a buscar al aeropuerto, una escena que hoy resultaría impensable. Con el tiempo, empero, su pasión por el trabajo terminó ganando la partida, y muchas veces aprovechaba el avión para volar hasta Rawson a realizar trámites.
Además de su pasión por la profesión y la aviación, Eduardo tuvo una destacada participación en la comunidad. Fue presidente de la Cooperativa 16 de Octubre; presidió por tres períodos el Colegio de Escribanos de Chubut; se desempeñó como concejal de Esquel; participó como constituyente en la reforma de la Constitución Nacional de 1994; y ocupó los cargos de diputado provincial y diputado nacional.
“La política siempre me apasionó”, dice Eduardo. En realidad, también era algo que venía de familia: su padre fue constituyente en la Convención que redactó la primera Constitución de Chubut en 1957 y, luego, diputado en la primera legislatura provincial, así que la política la llevaba en la sangre. “Me dejó mucho conocimiento y aprendí mucho”, agrega. Pero, como todo, entendió que había cumplido un ciclo; además, le demandaba demasiado tiempo y –como buen descendiente de italianos- quería dedicarse a su familia, así que decidió alejarse. Se metió de lleno en la política, recuerda, cuando se recuperó la democracia, participando activamente en Esquel en la formación de la “Multipartidaria”.
Pero no todo fue alegría en la vida de Eduardo. Fue la primera persona en contraer COVID en Esquel y la pasó muy mal: perdió el conocimiento y estuvo tres meses en terapia intensiva. Se salvó gracias a la excelente atención de la UTI del Hospital Zonal de Esquel, en especial del Dr. Mauricio Mare.
Hoy, Eduardo sigue en la profesión, pero con un ritmo mucho más tranquilo. Su hijo Rafael se hizo cargo de la escribanía y, como tercera generación, le dio un impulso muy importante, mientras él lo acompaña y lo secunda en todo lo que hace.
Sin embargo, reconoce que no puede con su genio y, a los 78 años, sigue recorriendo distintos lugares de su jurisdicción para atender a sus clientes. “Los martes y viernes voy a Lago Puelo, veo a la gente que me espera y traigo todo el trabajo para hacerlo acá en la escribanía”, cuenta. Sin lugar a dudas, un ejemplo de dedicación y pasión por su profesión.
Como siempre trato de hacerlo, le pregunté cómo veía Esquel en la actualidad. “Es una ciudad que se quedó muy atrasada en el contexto provincial. Esquel era la tercera ciudad de la provincia y, con el tiempo, se fue rezagando. Todos los intentos de desarrollar la economía y el turismo no se aprovecharon”, me respondió. Pero enseguida se hizo un mea culpa: “Me incluyo: no hemos tenido la capacidad para generar un impulso de crecimiento”.
Al final, Eduardo le agradece a Silvia, su esposa y compañera de vida, por todo lo que compartieron a lo largo de los años. Se muestra orgulloso de sus cuatro hijos y de los nietos que tiene, y subraya que, por encima de todo, su vida se basó en las grandes amistades que supo cultivar. Para él, Esquel siempre será un lugar especial, el escenario donde transcurrieron sus recuerdos, sus pasiones y sus logros.
Mirando hacia atrás, queda claro que Eduardo vivió con intensidad y entrega. Su pasión por la profesión, la dedicación a su comunidad, las aventuras que buscó y las personas que quiso son el hilo que une toda su historia. Cada trámite, cada vuelo, cada consejo y cada amistad refleja el empeño, la alegría y la curiosidad con que afrontó la vida. Esa combinación de compromiso y humanidad es lo que hace que su legado perdure, no solo en su familia y en la escribanía, sino también en Esquel y en todos los que tuvieron la suerte de cruzarse en su camino.-





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