Nuestros vecinos Daniel Rue

Hoy en Nuestros Vecinos: Daniel Rue; un hombre, un pueblo, mil cartas.

Hubo un tiempo en Esquel en que el frío parecía detener el mundo: las mañanas eran blancas, los caminos callados y el viento soplaba con esa fuerza patagónica que todo lo atraviesa. En ese paisaje lento y helado, un joven llamado Daniel Rue comenzaba su jornada como mensajero o como cartero. Cargaba los telegramas o las cartas en una mochila y salía a repartir esos mensajes en papel, sueños en sobres, noticias esperadas o temidas.

Daniel nació en Cushamen, pero su familia se trasladó a Esquel cuando tenía un año. Con apenas 14 años, en 1980, ingresó al Correo. Terminaba las clases y trabajaba durante los tres meses de verano, tarea que repitió por tres temporadas. A la cuarta, con 17 años, quedó efectivo.

—¿Cómo hiciste para ingresar al Correo? —le pregunté.

Me contó que todo empezó gracias a su madre, que trabajaba en la casa del entonces jefe del Correo, Héctor Hugo Aldaz. Un día, la esposa de Aldaz necesitaba a alguien que cortara el pasto y cuidara el jardín, y Daniel comenzó a trabajar allí. Con el tiempo, siguió haciendo pequeñas tareas y, al ver que era responsable y trabajador, Héctor decidió conseguirle un trabajo efectivo. Así, con esfuerzo y constancia, aquel joven empezó un camino que lo uniría para siempre a la ciudad y a su gente.

Arrancó como mensajero, encargado de distribuir los telegramas, y se mantuvo en ese rol durante aproximadamente diez años. Con el tiempo, pasó a ser cartero, a cargo del reparto de cartas, y más adelante asumió la tarea de “expresero”, responsable del servicio expreso, un sistema de envío mucho más rápido que tenía prioridad de reparto.

Daniel todavía recuerda con detalle aquellos días, cuando cada jornada era un desafío y cada carta o telegrama, un compromiso con la gente del pueblo: «Todo era distinto -nos comenta- Los inviernos eran fatales, crudísimos, no como ahora, y no importaba si había lluvia, nieve o helada: el trabajo había que cumplirlo». Los encargados de entonces eran muy estrictos: «Te daban tres minutos por telegrama para entregarlos, y los turnos eran de seis horas». Todo se hacía en una bicicleta provista por el Correo, que se convirtió en su compañera indispensable para recorrer las calles de Esquel, enfrentando el viento patagónico y las mañanas heladas.

Pero si bien el frío se colaba por las costuras del abrigo, a cada paso o vuelta de rueda la calidez de la gente lo esperaba. Las casas de Esquel se transformaban en pequeñas estaciones de calor en su recorrido. En muchas de ellas lo recibían con una taza de café con leche humeante. Lo invitaban a pasar un momento, a sentarse, a entibiarse las manos. En esos ratos breves, Daniel no solo descansaba del frío: escuchaba historias, compartía silencios, y se volvía parte del tejido invisible del pueblo.

A veces recuerda que no había tanto apuro. La vida era otra. La nieve no impedía el camino: lo volvía más humano. Cada día se construía a pie, paso a paso, carta a carta. Su andar era un puente entre casas, entre personas. Repartía el correo como quien siembra lazos.

“Lo más lindo era cuando en alguna casa se festejaba un casamiento o un cumpleaños: siempre me convidaban con un pedazo de torta, una taza de chocolate, o un vaso de gaseosa si hacía calor”. En cambio, lo más duro era llevar un telegrama con la noticia de un fallecimiento o alguna desgracia: “daba tristeza, dolor, entregar algo así”.

“¡Y ni hablar en las Fiestas! Siempre me regalaban pan dulce y sidra. ¡La cartera pesaba más por los pan dulces que por las cartas!”, nos termina de contar Daniel con cierta nostalgia.

Con el tiempo, su trabajo fue cambiando. Lo pasaron al salón de ventas, donde se recibían las cartas y las encomiendas. Allí también llegó la primera máquina eléctrica, destinada exclusivamente a transmitir telegramas. Había un operador encargado de manejarla, y éste un día le preguntó a Daniel si quería aprender.

“Le dije que sí, porque nunca tuve problemas para involucrarme en los trabajos, en aprender”, recuerda.

Y así fue como se sentó frente a la máquina por primera vez. Sus dedos comenzaron a moverse con naturalidad y el operador quedó sorprendido. No era casualidad: Daniel también había hecho trabajos de jardinería en el Estudio Jurídico Ripa, y allí, don Carlos Ripa, le había enseñado a escribir a máquina.

“Manejaba los diez dedos”, dice con una sonrisa.

El operador, maravillado, corrió a contarle al jefe lo que había visto y le pidió que lo observara. La prueba fue suficiente: de inmediato lo designaron como operador de sistema. Un nuevo desafío que Daniel asumió, como siempre, con humildad y con la firmeza de quien nunca le tuvo miedo al trabajo ni al aprendizaje.

Pasaron los años y llegó el tiempo de la primera privatización. Fue un cambio profundo: de los cincuenta empleados que había cuando Daniel empezó, la mitad se fue. En medio de esa transformación, lo designaron tesorero, ya que quien ocupaba el cargo anterior aceptó un retiro voluntario. Al frente de la oficina quedó Mario Paredes, “un amigo, un tipazo”, como lo define Daniel con cariño y como también lo consideramos muchos vecinos que tuvimos la suerte de tratar con él.

Esa nueva etapa lo encontró asumiendo más responsabilidades. No solo hacía relevos en las oficinas del interior, cubriendo las suplencias de los jefes, sino que también reemplazaba a Mario cuando éste tomaba vacaciones. Así, su camino lo llevó a recorrer distintos pueblos de la región: Lago Puelo, El Maitén, Epuyén, El Bolsón, Tecka, José de San Martín, Río Pico y Trevelin. Cada lugar era un desafío distinto y también una oportunidad de encuentro con otras comunidades. En El Maitén, por ejemplo, lo habían enviado solo por quince días… pero se terminó quedando tres meses.

“Lo que más me pone alegre y feliz —dice Daniel— es que eran los propios jefes quienes me recomendaban para hacer los relevos en las otras oficinas”. Ese reconocimiento, sencillo pero profundo, era para él la mayor recompensa: la confianza ganada con años de trabajo, responsabilidad y compromiso.

“Si tuvieras que decirlo en pocas palabras, ¿qué significó para vos el Correo en tu vida?”.

“El Correo fue una bendición de Dios —me respondió con una sonrisa serena—, porque gracias a él pude estar cerca de mi familia y tener un trabajo estable. Mi anhelo siempre fue poder jubilarme en el Correo”.

Pero lo que dijo no fue casualidad: Daniel se define como “hijo de Dios” y asegura que “gracias a Dios y a su misericordia estoy donde estoy”. Incluso durante la segunda privatización, con todo el revuelo de gente y cambios en el Correo, nunca se sintió desprotegido; su fe le daba la fuerza y la tranquilidad para seguir adelante.

Hoy, a partir de la jubilación de Mario, con quien extraña sus charlas, Daniel Rue es el responsable del Correo en Esquel. Coordina rutas, organiza equipos y observa pasar los sobres —pocos sobres— con otro ritmo. Pero en su mirada aún vive aquel chico que salía al amanecer con los dedos entumecidos, una gorra de lana y el corazón lleno de historias. La tecnología ha cambiado muchas cosas, y muchas veces confiesa que lo supera. Aun así, él sigue creyendo en la entrega, en el valor del encuentro y en la importancia de llegar.

Cuando finalizamos la entrevista y ya me estaba despidiendo, Daniel me regaló una nota que tenía preparada. En ella escribió un mensaje que refleja toda su fe y su forma de vivir:

“Josué 1:9. Mirá que te mando que te esfuerces y seas valiente. No temas ni desmayes. Porque Jehová tu Dios estará contigo donde quiera que vayas.”

Esa pequeña hoja, sencilla y firme, resume todo lo que Daniel ha sido: un hombre de trabajo, de compromiso y de fe, que encara cada día con valentía, entrega y esperanza.

No tengo dudas, a esta altura, de que hay vidas que se escriben lento, como una carta manuscrita. Y la de Daniel es una de ellas: una vida en cámara lenta, hilada de nieve, de progresos permanentes, y de palabras que viajan.

Hoy, quienes lo conocen lo ven no solo como aquel joven cartero, sino como un hombre íntegro, humilde y generoso, que supo ganarse el corazón de todo un pueblo. Sus acciones, pequeñas y constantes, viajaron de casa en casa, como esas cartas que llegan sin ruido, silenciosas, pero que cambian el día y dejan huella en la memoria.-

Seguinos en Facebook y también en X (ex-Twitter)

Escribinos a [email protected]


Publicado

en

,

por

Comentarios

7 respuestas a «Hoy en Nuestros Vecinos: Daniel Rue; un hombre, un pueblo, mil cartas.»

  1. Avatar de Shirley Rue
    Shirley Rue

    Un ser humano digno de admirar orgullo y admiración inmensa por mi papá

  2. Avatar de Emiliano Garcia
    Emiliano Garcia

    Excelente persona!
    Sencillo y humilde

  3. Avatar de Héctor Horacio Quilaqueo
    Héctor Horacio Quilaqueo

    La verdad un gran ejemplo mi amigo Daniel , te admiro cada dia mas por tu gran dedicación a tu familia y a tu trabajo , doy gracias a Dios por el gran hermano que sos , que Dios te cuide siempre

  4. Avatar de Rua Ruben
    Rua Ruben

    Un Groso una persona muy especial. lo mejor de todo que es mi Tío un Capoooooooo!!!!

  5. Avatar de Enrique
    Enrique

    Daniel , ejemplo de humildad y perseverancia , buena persona ,un tipazo ,vale la pena tenerlo como amigo ,,, siempre atento y con ganas de dar lo mejor , Dios te bendiga y tu fe se acreciente para ser de bendición en todo lo q emprendas ,un abrazote , felicidades !!

  6. Avatar de Aldo
    Aldo

    Buena persona
    Derecho.y honesto

  7. Avatar de Ceci Galeano
    Ceci Galeano

    Es un SEÑOR con todas las letras Daniel, siempre amable y con una sonrisa, dispuesto a ayudar.
    Hermosa nota

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *