El telar de la abundancia

Hoy en El Palacio de La Risa: «La Joda Perpetua»

El Palacio De La Risa es el espacio en el que Juan Bautista Alberdinangus, un apasionado del Derecho pone toda la carne al asador. Esta tercera entrega nos invita a reflexionar sobre El Palacio de La Risa, un lugar que parece correcto y normal, pero que no tiene nada de eso!

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La joda perpetua

*Por Juan Bautista Alberdinangus

Hola, hola. ¿Cómo están? Tanto tiempo, ¿no?

Bueno… reconozco que estuve ocupado. No desaparecí: estaba investigando una nueva información y, la verdad, quedé perplejo. Pensamos que, con el proceso al Emperador, habíamos vuelto —aunque fuera un ratito— a la normalidad. Que el ruido se había apagado, que la espuma había bajado, que el aire se había limpiado.

Pero no. Nada de eso. Siguen apareciendo cosas.

Parece que, por ósmosis, quedó todo contaminado. Como si el Emperador hubiera dejado su perfume —o su tufillo— impregnado en cada rincón institucional. Una especie de neblina pegajosa que distorsiona todo lo que toca. Y uno mira alrededor y dice: “Ah, claro… sigue la joda”.

Y claro que sigue!!!!!

Y sigue, claro que sigue. Porque resulta que, mientras todos se hacían los boludos, mientras el Emperador hacía de las suyas, detrás del telón –entre otras cosas- había por ejemplo una funcionaria/secretaria muy cercana a él —de esas que Sumo llamaría “la rubia tarada”- gestando una estafa piramidal.

Sí, una pirámide. De las clásicas: promesas arriba, plata en el medio, víctimas abajo… y ella, por supuesto, en la cúspide, sonriendo para la foto y para la gilada en unas vacaciones soñadas.

Uno quisiera sorprenderse, pero ya no queda margen. Cuando el ecosistema está contaminado, todos respiran lo mismo, y todo da lo mismo.

Algunos se preguntan: ¿Habrá aprendido del Emperador o ya venía con el manual bajo el brazo?

Qué estúpido que sos, Alberdinangus!!!!

Y sí… eso me dijo un amigo, y parece que tiene razón. Yo, mortal iluso, siempre creo que en el Palacio de la Risa todo es correcto y que sus huéspedes son impecables, casi angelicales, apenas rozados por la corrupción terrenal.

Pero no. Cada vez todo es peor.

Porque en ese Palacio, detrás de cada cortina de terciopelo, siempre aparece un nuevo enredo, un nuevo personaje digno de telenovela, otro capítulo de esa tragicomedia infinita que ellos llaman trabajo responsable y nosotros, con un poco más de honestidad, llamamos la joda permanente.

Yo soy el estúpido, sí. El que todavía espera que alguno, aunque sea por error, haga algo bien y honestamente. El que cree que esta vez sí, que ahora sí, que finalmente…

Pero no. Siempre hay un sótano más en este edificio infinito.

El telar de la abundancia

En serio. Es cierto lo que me comentaron e investigué. Parece ser que, aprovechando la pandemia —o quizás mucho antes, vaya uno a saber— esta funcionaria, nombrada a dedo por el Emperador y su secuaz, creó junto a una “tana” y algunas más —cuyos nombres también podrían dar muchísimo que hablar, por tener cercanía con otros/as emperedores/as importantes— un telar de la abundancia para mujeres empoderadas.

Sólo mujeres. Y no cualquier mujer: de la alta estirpe. O, al menos, de esa alta estirpe que existe solo en la imaginación de ellas… y en Instagram.

La mecánica era simple, casi artesanal: las nuevas ingresantes debían aportar, para entrar, la módica suma de 1.500 dólares. A cambio, les prometían que, reclutando a siete personas más, escalarían en la estructura —serían “agua”, según el lenguaje místico del grupo— y su dinero se multiplicaría exponencialmente.

Multiplicación, sí. De ilusión, no de dólares. Porque eso, claro está, nunca ocurrió.

Ocurrió, en cambio, lo que siempre ocurre con estas genialidades financieras:

la gente dejó de entrar, el flujo se cortó, el grupo se evaporó y toda la estructura se vino abajo como un castillo de naipes húmedos.

En ese interín, muy pocas ganaron dinero: la rubia tarada y la tana, básicamente.

El resto —la enorme mayoría— dejó sus ahorros en el tendal y, como era previsible, jamás percibió los montos prometidos. Emponderadísimas… pero en bancarrota emocional y económica.

Una estafa piramidal, de esas que investiga la PROCELAC y que son denunciadas en todo el país… salvo en nuestra aldea… por ahora…

Ante ello, todos nos hacemos la misma pregunta: ¿cómo puede ser que una funcionaria judicial arme un tinglado financiero ilegal, actúe como intermediaria de dinero y juegue a la gurú de las inversiones cuando eso está expresamente prohibido?

“¿Cómo pueden hacer esto, Alberdinangus?”, me indagó otro amigo, con los ojos abiertos como si recién descubriera que el agua moja.

-“Muy fácil, le contesté”. “Porque acá algunos creen que el cargo es un escudo, el sello un salvoconducto y el escritorio un pedestal desde el cual pueden hacer cualquier cosa sin consecuencias”.

La cruda verdad.

La verdad es así de simple. Muchos se creen impunes. No que tienen impunidad: se sienten impunes, que es todavía peor.

Y cómo no van a sentirse así, si ocupan puestos clave en el Palacio de la Risa, donde la ética es opcional y la decencia está tercerizada!!!.

Además, estaban y están tan pegados al Emperador y su secuaz que ya ni hacían falta favores explícitos: hasta la pareja de la funcionaria le manejaba la lancha al ahora caído en desgracia.

Sí, la lancha. Así de literal, así de obsceno, así de simbólico.

Y sí, sigue la joda (bis).

Porque cuando uno cree que la fiesta terminó, que ya barrieron el confeti y que el DJ guardó los auriculares, aparece otro brindis, otro evento, otra fantástica situación. Siempre hay un remate más. El ciclo infinito del recreo institucional.

Sigue la joda porque la seriedad es un bien escaso, casi en extinción. Como el tiempo libre o los políticos que leen.

Sigue la joda porque todos prefieren mirar a otro lado.

Sigue la joda porque todos hacen cuentas para el próximo turno sin haber terminado la partida anterior.

Sigue la joda porque nadie quiere apagar la música.

¿No me cree?

Pregúntele entonces a esa pobre mujer que hizo una denuncia porque –dice- le cobraron el doble de honorarios por una aparente connivencia entre el Emperador, su secuaz y un abogado con demasiados vínculos con esos dos personajes.

Ahí tiene otro ejemplo perfecto de cómo funciona nuestra pequeña aldea: donde los vivos viven mejor, los cómplices prosperan, y las víctimas pagan la entrada… y la salida.

Y sí, sigue la joda.

Lo increíble no es que siga:

lo increíble es que todavía haya quien se sorprenda.

Hasta la próxima!!! (si todavía estamos).

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