Nuevamente, Juan Bautista Alberdinangus nos trae una joya de la literatura pueblerina para saciar nuestro interés sobre lo que ocurre en los rincones más «elegantes» de la aldea cordillerana y no tan cordillerana; donde la basura debajo de la alfombra no es cualquier basura, sino, basura con estilo; donde a veces ya ni siquiera se la esconde, y todo sigue como si nada.
BIENVENIDOS AL MUNDIAL!!!!
*Por Juan Bautista Alberdinangus.
Hola, hola… ¿cómo están?
¿Ya se están preparando para el Mundial?
No, no hablo del de fútbol. Hablo del verdadero Mundial, el que se juega todos los días en nuestra querida aldea y en El Palacio de la Risa. El Mundial de los arreglos, las protecciones, los expedientes perdidos. El municipal de los funcionarios y emperadores que juegan de nueve pero convierten en contra, y de los pobres justiciables que siempre terminan atajando penales sin arquero.
Mientras en Norteamérica ultiman los detalles para la Copa del Mundo de 2026, que reunirá a 48 selecciones en tres países anfitriones, nosotros seguimos organizando nuestro propio campeonato regional, donde participan los mismos equipos de siempre, cambian las camisetas pero no las mañas, y el VAR está permanentemente fuera de servicio.

Porque una cosa es el Mundial de la FIFA y otra muy distinta es el Mundial de la realidad local, donde a nadie parece importarle demasiado nada (salvo el sueldito de fin de mes), donde los padrinos y los ahijados proliferan más rápido que los coirones después de una lluvia, donde los cargos se heredan con más facilidad que los campos fiscales y donde algunos pretenden silenciar a Magnetto por haber cometido el grave delito de pensar y decir lo que pensaba.
Y como todo Mundial necesita figuras, ya comienzan a aparecer los candidatos al Balón de Humo…
Pero no nos adelantemos. El torneo recién empieza…
De padrinos y ahijados.
Y hablando de padrinos y ahijados…
El Pajarito Buchón aterrizó esta semana en la redacción con una historia que nos dejó más que sorprendidos…
Según los insistentes rumores que sobrevuelan los pasillos de la prestigiosa Facultad de Derecho de nuestra aldea —rumores que, por supuesto, este pobre mortal no está en condiciones de confirmar— existiría una misteriosa docente que habría perfeccionado el arte de la ubicuidad administrativa.
La leyenda sostiene que hace años nadie la ve por las aulas, nadie la cruza por los pasillos, nadie la encuentra en reuniones académicas y, para completar el misterio, ni siquiera residiría en nuestra comarca desde hace varios años.
Sin embargo —siempre según los mismos rumores— su vínculo con la institución seguiría gozando de una salud admirable, ya que hasta seguiría cobrando su sueldo…
Algunos sostienen que se trata de una profesora. Otros creen que es una leyenda urbana. Los más audaces afirman que podría tratarse de un novedoso proyecto de educación a distancia llevado a niveles nunca antes imaginados: tan a distancia que ni la docente ni los alumnos tienen contacto con la realidad física.

Pero como en esta columna respetamos la presunción de inocencia, dejamos planteada la inquietud para que alguna autoridad académica, administrativa o interplanetaria pueda aclarar si estamos ante una simple fábula pueblerina o frente a uno de esos prodigios burocráticos que convierten a nuestra comarca en una permanente fuente de asombro.
—Pero ¿cómo pasa eso, Alberdinangus? —me preguntó ese amigo siempre jodido, siempre incisivo, que tiene la incómoda costumbre de formular preguntas para las cuales nadie quiere tener respuestas.
—No lo sé —le respondí—. Tal vez sea un fenómeno académico revolucionario. Quizás estamos ante una nueva modalidad educativa denominada «docencia cuántica».
—¿Docencia cuántica?
—Claro. Una profesora que está y no está al mismo tiempo. Que da clases sin darlas. Que vive lejos pero cerca. Que trabaja sin que nadie la vea trabajar. Una especie de milagro pedagógico digno de ser estudiado por la NASA, el CONICET y la comisión de presupuesto.
Mi amigo me miró con esa expresión que suele adoptar cuando sospecha que estoy diciendo boludeces.

La verdad verdadera
La verdad verdadera —o al menos la versión que circula entre cafés, pasillos y sobremesas— es todavía más pintoresca. Porque, según los comentaristas de guardia, el asunto no sería tan simple como “una docente ausente”, sino un ejemplo perfecto de cómo funcionan ciertos engranajes de nuestra república aldeana. Dicen que ni las propias autoridades universitarias tendrían demasiado margen de maniobra. No porque falten reglamentos, expedientes o sellos, sino porque detrás del caso flotaría la sombra protectora de un personaje de alto rango, un coterráneo ilustre, uno de esos emperadores convertidos en próceres modernos que, según la leyenda popular, “mean agua bendita”. En los corrillos ya le pusieron apodo: “Lord Expedientus”. Aunque, para ser sinceros, algunos empleados del Palacio prefieren llamarlo “El Secuaz”, quizá porque consideran que los títulos nobiliarios le quedan demasiado europeos para nuestras costumbres administrativas y por la relación que lo unió con el emperador mayor ahora caído en desgracia. Naturalmente, este pobre mortal no puede asegurar que semejante personaje exista realmente. Tal vez sea sólo un mito burocrático, como el expediente que se mueve solo o la licitación que aparece redactada antes de publicarse. Lo cierto es que, cada vez que alguien pregunta demasiado, las respuestas se vuelven nebulosas, los teléfonos suenan ocupados y los memorandos entran en una dimensión paralela. Y así seguimos, entre rumores, silencios y reverencias, en esta comarca donde algunos ciudadanos necesitan hacer fila para todo y otros, según cuentan, parecen viajar por un carril reservado construido directamente hacia el corazón del poder.
No hay más abogados
Pero cambiemos de tema.
O mejor dicho, no cambiemos tanto, porque en nuestra comarca todo termina conectado por misteriosos hilos burocráticos.
Un gran cambio se avecina en la provincia.
Mientras algunos siguen discutiendo quién manda, quién obedece y quién firma lo que otro escribió, en los laboratorios legislativos ya se cocina una de esas reformas capaces de alterar el ecosistema completo de abogados, jueces, funcionarios, empleados judiciales, peritos, martilleros, mediadores y demás especies autóctonas.

Según cuentan, se viene un Código Procesal único para todos los procesos no penales.
Sí, leyó bien. Uno solo.
Un código para gobernarlos a todos.
Un expediente para encontrarlos.
Un artículo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas de las acordadas.
La discusión ya está en marcha. El borrador ya está circulando. Los especialistas en cualquier momento empiezan a opinar. Los expertos discrepan. Los asesores asesoran. Los consultores consultan. Los académicos academican. Y los legisladores, fieles a su naturaleza, prometen debatir.
Dicen que en cualquier momento comienzan las reuniones formales.
Otros dicen que ya comenzaron.
Algunos aseguran que el proyecto está verde.
Otros sostienen que está prácticamente cocinado.
Lo único seguro es que, como ocurre con toda reforma importante, nadie sabe exactamente cuándo llegará el desenlace, pero todos coinciden en que viene viajando a gran velocidad hacia algún destino.
Y allí aparecerán los inevitables bandos.
Los conservadores creen que el mejor sistema es el todavía vigente y dicen que el proyecto es inviable. Inclusive, indican que lo pasaron por un corrector y todo está hecho con IA (siiiiiiiii, con IA!!!).
Los modernizadores digitales, convencidos de que cualquier problema puede solucionarse agregando una contraseña más, lo defienden a muerte…
Y también están los que no leyeron una sola página del proyecto pero ya están completamente a favor o completamente en contra.
Es la magia del derecho provincial.
Todavía no sabemos cómo terminará la historia.
Eso sí. Un profesional de esos que sí estudian nos alertó de algo: en el proyecto no hay más abogados. Ahora serán “asistentes legales”. ¿Se habrán enterado de esto los Colegios o estarán más preocupados en ajusticiar a sus pares y en recaudar a troche y moche?.
En fin. No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que, cuando se anuncie el primer debate serio, media provincia descubrirá de golpe una pasión irrefrenable por el derecho procesal
Aparecerán expertos que nunca habían mencionado la palabra «procedimiento», estudiosos que leerán tres artículos y escribirán cuarenta páginas de conclusiones, y visionarios capaces de anticipar el colapso institucional o la llegada de una nueva edad dorada según cuál sea el inciso que finalmente se apruebe.
Como siempre ocurre en nuestra provincia, todos tendrán una opinión firme, contundente e inmodificable sobre un texto que probablemente todavía no hayan terminado de leer.
Y entonces sí comenzará el verdadero espectáculo.
Hasta la próxima (si todavía estamos)






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