Durante más de tres años, un hombre construyó una vida de mentiras en Sunchales, Santa Fe. Se presentó como abogado, montó un estudio jurídico ficticio y estafó a decenas de personas, incluyendo a su propia familia, con un perjuicio que supera los 54 millones de pesos. Su fachada se derrumbó cuando se reveló que solo había aprobado 13 materias de la carrera de Derecho.
La investigación judicial expuso una trama cuidadosamente armada. El imputado, de 31 años, ingresó a la facultad en 2014 pero nunca avanzó significativamente. A pesar de ello, logró convencer a clientes, colegas y seres queridos de que era un letrado matriculado. Atraía a personas con problemas urgentes: divorcios, juicios laborales y sucesiones. A todos les solicitaba adelantos de honorarios y dinero para gastos judiciales inexistentes.
Para sostener el engaño, recurrió a la falsificación sistemática. Creó resoluciones judiciales apócrifas, adulteró firmas digitales de jueces y camaristas, y presentó escritos falsos para calmar a sus víctimas y ganar tiempo. Su método era repetitivo: cobraba, prometía avances, mostraba documentación falsa y posponía los desenlaces con excusas. Solo entre enero y noviembre de 2025, la Justicia comprobó transferencias a su favor por al menos 18 millones de pesos.
El impacto social del caso se amplificó al conocerse que el hombre ocupaba un cargo directivo en el Club Unión de Sunchales, una de las instituciones deportivas más importantes de la ciudad. La entidad emitió un comunicado deslindando responsabilidades, aclarando que se trataba de hechos personales y que la comisión directiva no tenía conocimiento de sus actividades delictivas.
Frente al fiscal, y con pruebas irrefutables, el acusado se quebró. Lloró y habló de frustraciones personales y una cadena de mentiras que, según dijo, comenzó en el ámbito familiar. Sin embargo, la respuesta judicial fue contundente. El fiscal lo imputó por estafas reiteradas, falsificación de documentos públicos y usurpación de títulos. El juez penal dictó prisión preventiva sin plazo, remarcando la gravedad de los hechos.
Más allá de la enorme pérdida económica, las víctimas destacan el profundo daño emocional. Confiaron problemas íntimos y se endeudaron por servicios que nunca existieron. «La plata duele, pero lo peor es la estafa emocional, la confianza rota», expresó uno de los damnificados. El caso sigue abierto, con nuevas denuncias apareciendo, mientras una comunidad intenta comprender cómo una mentira sostenida pudo causar tanto daño.






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