COVID Y TABACALERAS

Efectos secundarios de las vacunas contra el Covid y su paralelismo con el tabaco y el cáncer de pulmón.

 El paralelismo entre la industria tabacalera y la respuesta a los efectos adversos de las vacunas COVID revela un patrón incómodo.

La memoria a veces es corta, pero el cuerpo no olvida. Hace no tantas décadas, encender un cigarrillo era un acto de normalidad, incluso de glamour. Detrás de ese humo blanco y efímero, las tabacaleras construyeron un imperio mientras la ciencia advertía, en voz baja, que aquello mataba. Pasaron décadas para que el mundo reconociera oficialmente que el tabaco causaba cáncer. Décadas llenas de escepticismo, de campañas de desprestigio contra los médicos alarmistas y, sobre todo, de cadáveres. Millones de fumadores que murieron mientras la justicia y las regulaciones cojeaban detrás de los gigantes del tabaco .

Hoy, la historia parece repetirse en el campo de batalla de las vacunas contra el COVID-19. La diferencia es que el enemigo ahora no es un producto de consumo, sino una intervención médica masiva y urgente. Pero el modus operandi de la duda sembrada es inquietantemente similar.

No se alarme. No somos antivacunas. Pero hay un tipo de vacuna nuevo, específico, que requiere toda la atención por los graves efectos secundarios que ha causado.

En los últimos seis años, el mundo presenció un fenómeno sin precedentes: la aparición repentina de millones de personas reportando efectos secundarios tras la vacunación. En Argentina y el mundo, los consultorios se llenaron de pacientes con cuadros dispares, desde miocarditis hasta trastornos neurológicos, pasando por reacciones locales severas, hasta muertes de personas que hasta antes de vacunarse eran sanas. Los sistemas de farmacovigilancia se vieron desbordados por notificaciones que, en cualquier otro contexto, habrían encendido todas las alarmas .

Sin embargo, la respuesta de los grandes laboratorios y de ciertos sectores de las autoridades ha sido, para muchos, un déjà vu escalofriante. La frase hecha se repite como un mantra: «No está probada la relación causa-efecto». Se admite la posibilidad estadística, pero se siembra la duda sobre la certeza individual. Es una estrategia de desgaste que recuerda a la employed por la industria del tabaco durante décadas: «La ciencia no es concluyente», «faltan más estudios», «son factores de riesgo preexistentes» .

Mientras tanto, los juicios contra las farmacéuticas se acumulan en los estrados internacionales. Aunque en Argentina el poder judicial ha tendido a respaldar la obligatoriedad y la campaña de vacunación masiva (argumentando el bienestar general por encima de objeciones particulares), en el mundo crece una ola de litigios que busca desentrañar la verdad oculta tras los datos agregados .

¿Acaso no aprendimos nada con el tabaco? Se necesitaron más de 20 años desde el primer informe del cirujano general en 1964 hasta que se aceptó de forma contundente que el humo de segunda mano mataba. ¿Y qué pasó en ese lapso? Personas sanas, no fumadoras, murieron de cáncer por culpa de un hábito ajeno. La industria tabacalera no negaba la existencia del cáncer; solo negaba que su producto fuera la causa directa .

La analogía es brutalmente clara. Decir que «no está probada la relación causa-efecto» entre una vacuna y un infarto fulminante en un joven deportista o una trombosis en una mujer sana, es un tecnicismo jurídico y científico que suena a cinismo para quien llora a un ser querido. Así como se demostró que el tabaco causaba cáncer porque los fumadores tenían tasas más altas que los no fumadores, los datos masivos de farmacovigilancia muestran picos de eventos adversos en ventanas temporales específicas post-vacunación. Negar la fuerza de esa señal estadística es tan miope como lo fueron los directivos de las tabacaleras negando la nicotina .

El paralelismo histórico nos exige una lección de humildad. La ciencia es un proceso, no un dogma. Si durante 50 años nos equivocamos respecto al cigarrillo, ¿por qué creemos tener la verdad absoluta sobre una tecnología de ARN mensajero aplicada a miles de millones de personas en tiempo récord?

La sociedad civil, los periodistas y los damnificados deben ejercer la misma presión que se ejerció contra el tabaco. No se trata de sembrar pánico antivacunas, sino de exigir transparencia. Exigir que la «posibilidad» de la relación causal se investigue a fondo y, si se confirma, se asuma la responsabilidad. No podemos permitir que, como con el tabaco, tengamos que esperar décadas para que la justicia y la historia reconozcan la verdad. Cada vida que se va mientras debatimos si el humo (o la aguja) fue la causa, es una deuda que la salud pública no puede seguir acumulando.

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