Nuevamente, Juan Bautista Alberdinangus pone la mejor carne al asador… Bueno, no sabemos si es la mejor carne en este caso. Quizás sea un nuevo capítulo sobre carne de burro, especie que abunda en los pasillos del Palacio de La Risa.
De guanacos, amenazas y otras yerbas…
*Por Juan Bautista Alberdinangus
Hola, hola! ¿Cómo están? ¿Cómo los trata el otoño? ¿Ya empezaron a ver cómo las hojas caen… y también algunas certezas?
Porque mientras la naturaleza sigue su curso —con bastante más sentido común del que solemos reconocerle— hay decisiones humanas que invitan, como mínimo, a detenerse un momento.
En los últimos días, la Fiscalía de Chubut decidió abrir de oficio una investigación por la presencia de un guanaco que paseaba por Rada Tilly. ¿El argumento? “No es un animal doméstico”.
La afirmación, en sí misma, es indiscutible. Nadie sensato diría que un guanaco es una mascota. Pero el problema nunca está en la frase, sino en lo que se habilita a partir de ella.
Porque si el solo hecho de que un animal no sea doméstico alcanza para activar todo el aparato, entonces buena parte de nuestra fauna patagónica debería empezar a preocuparse. Y, de paso, también nosotros… especialmente algunos “habitantes habituales” (animales de dos patas) que transitan los Palacios de la Risa.
¿Desde cuándo lo excepcional —un animal fuera de su hábitat inmediato, sin signos de agresividad ni daño— merece, sin más, respuesta penal?
Más aún: ¿qué queda del principio de última ratio cuando la intervención del Ministerio Público se activa sin una afectación concreta, real y relevante?
El derecho penal —se supone— no está para tranquilizar incomodidades ni para ordenar lo que simplemente se sale de lo habitual.

Quizás el problema no sea que el guanaco no sea doméstico.
Quizás el problema sea que todo lo que se aparta de lo normal empieza a mirarse con desconfianza… salvo, claro está, ciertas “anormalidades” que parecen gozar de una tolerancia bastante más generosa puertas adentro del Palacio.
En fin, seguiremos pensando…
En realidad…
En realidad… que el derecho penal no esté para tranquilizar incomodidades es algo que queda muy bien en los manuales. En la práctica, a veces, parece bastante más disponible de lo que debería.
Ahí están ciertos reflejos: abrir actuaciones, intervenir, investigar… incluso cuando lo que hay enfrente no es daño, ni peligro, ni delito, sino simplemente algo que se sale de lo habitual. Como si lo distinto, por el solo hecho de serlo, necesitara ser encuadrado.
Lo de la Fiscalía de Chubut y el guanaco en Rada Tilly —abriendo una investigación porque “no es un animal doméstico”— entra, guste o no, dentro de esa lógica.
Pero no es la única.
También vimos, en estos días, cómo se abrió una investigación contra un funcionario (o ex funcionario municipal) a partir de la denuncia de un medio de comunicación local.
Y acá aparece algo que, al menos, merece una pregunta: causas de este tipo —menores, sin mayor trascendencia— suelen encontrar rápidamente una salida conciliada. Sin embargo, en este caso, eso no ocurrió.
¿Por qué?
¿Hay un criterio distinto? ¿Una decisión de avanzar donde antes se buscaba cerrar? ¿O algo más difícil de explicar?
Porque cuando, además, se instala la sensación de cercanía entre quienes investigan y quienes denuncian —una cercanía que nadie se ocupa demasiado en aclarar ni en controlar—, lo que se resiente no es una causa.
Es la confianza.
Y en materia penal, la confianza vale bastante más que cualquier guanaco suelto.
No es la única forma.
Pero las causas penales no son la única forma de “ordenar” lo incómodo.
Hay otros caminos. Más silenciosos. Quizás más eficaces.
¿No me cree? Pregúntele entones a Magnetto qué sintió cuando desde la APDH (síiiii, desde la APDH!!!) se impulsaron algunas “gestiones” para que le retiraran publicidades —que cada vez son más— y, de paso, se limitara lo que este medio, este pobre mortal y mis primos “Torta Frita y Champagne” podían decir… sin tapujos, sin condicionamientos, sin complicidades, sin compromisos.

Nada explícito, claro.
Nadie prohíbe nada.
Simplemente, algunas cosas dejan de estar.
Los métodos cambian. El objetivo, muchas veces, no tanto.
Porque cuando algo incomoda —sea un guanaco suelto o una idea que molesta— siempre aparece alguna herramienta para ayudar a que desaparezca.
Y eso, más que cualquier guanaco, debería preocuparnos un poco más… sobre todo cuando proviene de instituciones que, al menos en los papeles, dicen estar para defender exactamente lo contrario.
Quizás, antes de todo, habría que cuidarse de no tomarse libertades con las libertades de los demás.
“No entienden nada, Alberdinangus…”
“… me decía Magnetto, mientras saboreábamos unas ricas pizzas y hablábamos del tema. “Piensan que soy igual a todos… que me van a correr así nomás”.
“Lo que pasa —agregó otro amigo— es que movieron el tablero, mostraron cosas que nadie se animaba a mostrar”.
Claro… ¿qué medio de comunicación se animó a investigar a un “emperador”, a mostrar lo que pasa puertas adentro de los palacios, a señalar sentencias, cuanto menos, llamativas, y los vínculos que las rodean?
“Seguiremos haciendo lo mismo”, me prometió Magnetto. “Y, quizás, con mayor ímpetu”.
Porque si algo quedó claro es que todavía hay demasiado por mostrar. Demasiado por decir. Demasiado por incomodar.
No hace falta entrar en lo personal para que el mensaje llegue. Aunque, si alguna vez decidimos hacerlo, probablemente el impacto sea otro, y difícilmente pase desapercibido.
Por ahora alcanza con iluminar aquello que muchos prefieren mantener en penumbra.
Porque, como dice esa vieja frase que circula por ahí: “Yo siempre estaré a favor de todo aquello que escandalice a los hipócritas”.
Hasta la próxima!!! (si todavía estamos).






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