Fuerzas armadas argentinas

Argentina refuerza sus Fuerzas Armadas tras años de abandono y sube en un ranking internacional.

Argentina comienza a reconstruir su poder militar tras años de abandono político

Durante décadas, las Fuerzas Armadas argentinas fueron relegadas al olvido. Bajos presupuestos, equipos obsoletos, falta de formación y condiciones indignas convirtieron a una institución clave del Estado en una estructura frágil. Pero hoy, con un nuevo enfoque desde el Poder Ejecutivo, comienza a notarse un giro: profesionalización, reequipamiento y recuperación del prestigio perdido.

El presidente Javier Milei, acompañado por su ministro de Defensa, Luis Petri, decidió no seguir ignorando la crítica situación de las Fuerzas Armadas. En reiteradas declaraciones públicas, ambos funcionarios destacaron la ubicación de Argentina en el ranking Global Fire Power 2025 (GFP), que sitúa al país entre los más relevantes del mundo en términos de poderío militar. Más allá de las dudas metodológicas que despierta ese ranking, lo cierto es que esta narrativa marca un cambio simbólico: por primera vez en muchos años, el poder político vuelve a poner a la defensa nacional en la agenda.

Desde 2023, la Argentina empezó a dar pasos concretos para reconstruir sus capacidades militares. La compra de 24 aviones caza F-16 —con las primeras unidades llegando en diciembre— es una de las señales más claras. Más allá que no sean aviones último modelo, están reacondicionados, actualizados y hoy son los que utiliza Ucrania para pelear contra la invasión rusa y le son muy efectivos. Se trata de una decisión política y estratégica que marca un corte con el desarme sistemático que predominó durante las administraciones kirchneristas, donde las Fuerzas Armadas fueron sistemáticamente vaciadas de presupuesto, funciones y respeto institucional.

Es cierto: todavía persisten carencias alarmantes. La Fuerza Aérea apenas cuenta con un puñado de aviones operativos. La Armada navega sin submarinos ni portaaviones. Y el Ejército, si bien posee tanques TAM, la mayoría son vehículos envejecidos, con limitaciones tecnológicas y falta de repuestos. En algunos casos, los propios soldados deben comprar sus uniformes. Las cifras son duras, pero ya no se las esconde debajo de la alfombra.

El problema no es solo de equipamiento, sino también de doctrina. Un país no es fuerte por la cantidad de tanques que exhibe en desfiles, sino por el nivel de entrenamiento de sus tropas, la modernización de sus sistemas de comando, la inversión sostenida en tecnología militar y la capacidad logística para operar ante cualquier amenaza. En ese sentido, Argentina arrastra décadas de atraso.

Si bien hoy no hay ningún conflicto armado en puerta, ante la desinversión argentina, Chile emprendió una guerra fría con Argentina tratando de robar territorio marítimo y el territorio antártico argentino, con políticas de instruir metiras históricas en sus escuelas y hasta exhibiendo mapas falsos en las fronteras con Argentina en donde se muestran los territorios antárticos y parte de mares argentinos como si fuesen chilenos; una provocación innecesaria, gratuita y violenta.

La crítica situación del a defensa argentina fue blanqueada incluso por voces militares, que reconocen que los rankings internacionales, como el GFP, si bien pueden ser alentadores, no reflejan la verdadera operatividad. Sin embargo, también admiten algo que hasta hace poco era impensado: por primera vez en mucho tiempo, hay voluntad política de revertir el deterioro. Y eso es un punto de inflexión.

No se trata de embarcarse en una carrera armamentista. Se trata de recuperar el rol estratégico de las Fuerzas Armadas como garantes de la soberanía, como actores de apoyo a la comunidad en emergencias y como institución formadora de valores. El mundo es cada vez más inestable, y la defensa nacional no puede quedar atada a ideologías del pasado ni al desinterés presupuestario.

La compra de los F-16, las gestiones para modernizar los TAM y la intención de reequipar otras ramas de las fuerzas, marcan un nuevo rumbo. No es inmediato. No será fácil. Pero representa un cambio de paradigma que merece ser valorado. Argentina necesita Fuerzas Armadas modernas, eficientes y bien dotadas. No como una amenaza interna —como tantas veces se las estigmatizó— sino como parte de un Estado fuerte, capaz de cuidar sus fronteras, sus recursos estratégicos y su población.

La defensa nacional no es un gasto: es una inversión en soberanía, en desarrollo tecnológico y en seguridad integral. Recuperarla es un acto de justicia histórica con quienes, en silencio, han seguido sirviendo al país aún en las peores condiciones. Y es también una señal clara de que Argentina quiere dejar atrás su decadencia para volver a ser una Nación con orgullo y proyección.

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