esquel apocalíptico

Apuntes para pensar: La ciudad que se desvanece.

LA CIUDAD QUE SE DESVANECE

En los mapas sigue ahí, al pie de la cordillera, rodeada de montañas y de silencio. Pero Esquel, aquella ciudad que alguna vez fue pujante y destino soñado de muchos, pareciera estar encerrada en un círculo vicioso de estancamiento.

Desde el punto de vista demográfico se ve un crecimiento, pero en cuanto a la matriz económica no se ven cambios, aunque potencial no le falta.

Esquel no desaparece de un día para el otro, pero pareciera irse apagando de a poco en muchos aspectos. Se resquebraja en la falta de oportunidades, en el éxodo silencioso de jóvenes, en el cierre de persianas que ya no vuelven a levantarse. Cada rincón vacío cuenta una historia de espera, de proyectos truncos, de decisiones mal tomadas…

Durante años, Esquel discutió modelos a seguir, pero la épica no alcanza para sostener la vida cotidiana. Hoy, los enemigos ya no son tan visibles ni tan fáciles de enfrentar: se llaman desinversión, desempleo, abandono.

La actividad económica tambalea entre un turismo estacional, un Estado asfixiado (y asfixiador) y un sector privado que no logra despegar. Los servicios de salud y educación, que deberían ser los pilares en una ciudad con vocación de arraigo, se debilitan año tras año. El aeropuerto funciona a medias. Todo parece ser un poco menos, como si se aceptara la decadencia con una mezcla de resignación y cansancio.

La falta de iniciativa privada palpable también es un síntoma preocupante. En lugar de ser una ciudad turística que se piensa a sí misma como destino, Esquel funciona más como una ciudad con turistas: receptora pasiva de visitantes que llegan y se van, sin que esa actividad se traduzca en desarrollo sostenible ni en oportunidades reales para sus habitantes. Por décadas, no hubo una apuesta clara que articule el turismo con la economía local ni que genere empleo estable o innovación. Hoy se ven ciertos esfuerzos creíbles en incentivarlo, pero hay muchos obstáculos que no parecen sortearse, lo que podría frenar el envión de cambio. Así, el turismo se vuelve un paréntesis temporal, un respiro estacional que no logra cambiar la realidad cotidiana.

De seguir por este camino, Esquel corre el riesgo de convertirse en un simple dormidero de Trevelin, invirtiendo los roles históricos entre ambas localidades. No por gestiones estatales del pueblo del molino, sino por preferencias de los inversores privados. Su única ventaja comparativa concreta podría terminar siendo el aeropuerto, no por una planificación estratégica, sino por descarte. Un nodo de paso, sin destino propio. Es una perspectiva dura, pero no irreal: cuando una ciudad pierde su motor productivo y su horizonte, lo que queda es apenas una geografía con nombre.

Cuánto más se puede esperar sin que hagamos nada?. ¿Cuántos inviernos o veranos más puede soportar una ciudad sin decisión y sin rumbo, sin una visión que mire más allá de la temporada alta o de los tulipanes??

Esquel no necesita lástima ni discursos: necesita presencia, inversión, creatividad y coraje. Porque cuando el abandono se vuelve costumbre, lo que muere no es sólo la economía: muere también la esperanza.

Una ciudad desaparece cuando deja de imaginarse a sí misma. Y Esquel, si no recupera su voz y su proyecto, corre el riesgo de quedar congelada en la memoria como un paisaje hermoso, pero vacío. Todavía hay tiempo para evitarlo. Pero no queda tanto.-

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