Un año después de su secuestro, el gendarme argentino Nahuel Gallo sigue preso por la dictadura de Maduro en Venezuela, convertido en rehén de un régimen criminal.
Pasaron 365 días desde que Nahuel Gallo fue secuestrado en Venezuela por la narcodictadura encabezada por Nicolás Maduro y Diosdado Cabello. No fue una detención legal ni un error administrativo: fue un secuestro de Estado ejecutado por un régimen ilegítimo, sostenido por la violencia, el narcotráfico y el terrorismo institucional. Hoy, Nahuel es un rehén político en manos de una de las dictaduras más crueles del continente.
El caso expone con brutal claridad lo que muchos aún se niegan a ver: Venezuela no es una “democracia imperfecta”, como intentan maquillarla algunos sectores ideologizados, sino un Estado mafioso que utiliza la tortura, la desaparición forzada y el secuestro de extranjeros como herramientas de presión internacional. La captura de Gallo no fue un hecho aislado, sino una pieza más dentro de una estrategia extorsiva sostenida por lo que distintos sectores ya identifican como el Cártel de los Soles, una estructura narco-criminal incrustada en las Fuerzas Armadas venezolanas.
Mientras Maduro y Cabello juegan a la diplomacia, familias enteras se destruyen. Un niño crece sin su padre. Una madre envejece en la desesperación. Una familia queda suspendida en la incertidumbre más cruel: no saber si su hijo come, duerme, resiste, respira. Los testimonios de sobrevivientes del sistema carcelario venezolano describen aislamiento extremo, amenazas, humillaciones y tormentos psicológicos que rayan la tortura sistemática.
Nada de esto es casual. Todo responde a un modelo de terror diseñado para disciplinar, asustar y negociar desde el miedo. El régimen necesita rehenes para intentar negociar levantamiento de sanciones, reconocimiento político o simples concesiones. Venezuela funciona hoy como un gran centro de extorsión internacional, y Nahuel Gallo es una de sus víctimas visibles.
El hecho de que un funcionario argentino lleve un año en cautiverio sin juicio, sin abogado y sin acceso a su familia debería escandalizar al sistema internacional entero. Sin embargo, los comunicados tibios y las condenas diplomáticas parecen no ser suficientes cuando se trata de enfrentar a una dictadura que no conoce límites morales.
Aquí no hay margen para la neutralidad: defender a Maduro es defender el secuestro, la tortura y el terrorismo de Estado. Cualquier intento de relativizar lo que ocurre en Venezuela es complicidad directa con el crimen organizado que la gobierna.
Mientras desde el exterior se multiplican las presiones, las amenazas y los gestos diplomáticos, la realidad es una sola: un argentino sigue encerrado en una celda clandestina, preso del horror chavista. Y el mundo continúa debatiendo mientras una madre repite la misma pregunta todos los días: ¿cuándo lo van a traer a mi hijo?
La libertad de Nahuel Gallo no depende de más discursos, sino de una decisión firme y global de aislar, denunciar y enfrentar a la dictadura venezolana sin medias tintas. Cada día de silencio es un día más de complicidad.






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