El caso de Cristina Agüero, detenida en una misión a Gaza, expone la autovictimización de sectores de izquierda y un derroche de recursos que no ayuda a los gazatíes.
*Opinión
El gesto absurdo de una activista patagónica que alimenta propaganda vacía
En un nuevo capítulo de activismo internacional mal entendido, Cristina “Titi” Agüero, una militante de izquierda de Esquel, fue detenida por fuerzas israelíes en aguas cercanas a Grecia mientras participaba de una flotilla que pretendía llevar “ayuda humanitaria” a Gaza. Sin embargo, lo que desde un mínúsculo partido local, el Frente Vecinal Esquel, presentan como un acto heroico, no es más que una estrategia de autovictimización, típica de ciertos movimientos de izquierda, que prioriza la foto política sobre la eficacia real. De hecho, estas acciones terminaron perjudicando a los gazatíes.
La Argentina no tiene nada que ver con el conflicto
Mientras la Franja de Gaza vive una crisis humanitaria innegable, resulta cuanto menos llamativo que una militante de una pequeña agrupación vecinal de una ciudad cordillerana como Esquel decida viajar miles de kilómetros para meterse en una zona de alta tensión bélica. Argentina no tiene ningún involucramiento en el conflicto entre Israel y Gaza, y los recursos gastados en pasajes, traslados y logística podrían haber sido destinados directamente a organizaciones internacionales con presencia real en la región. En lugar de ayudar, acciones como esta terminan siendo un derroche que le resta fondos a la causa que dicen defender.
Para este tipo de ayuda existen organizaciones verdaderas y respetables como la Cruz Roja Internacional, que actúan con seriedad, profesionalismo técnico y estratégico buscando constantemente la vía diplomática en las más altas esferas del poder para llevar ayuda a lugares muy difíciles. Las improvisaciones de estos grupos de izquierda no hacen más que dificultar la verdadera ayuda humanitaria a quienes realmente lo necesitan.
El Frente Vecinal Esquel y el acting político
Detrás de esta iniciativa se encuentra el Frente Vecinal Esquel, un partido político de izquierda, insignificante en términos electorales, y en constante retroceso en las urnas. Desde allí salieron con bombos y platillos a apoyar lo absurdo del caso. Quizás estas payasadas tengan como finalidad la búsqueda de votantes. Esta agrupación, cuya mayoría de sus militantes vive de sueldos públicos, no duda en mandar al “muere” a sus escasos integrantes para sacar rédito propagandístico. llama también la atención esta facilidad para ausentarse de su trabajo y embarcarse en una aventura geopolítica sin ningún tipo de respaldo estratégico.
Un ejemplo de los aplaudidores políticos del Frente Vecinal Esquel, es su representante, Antonio Pontoriero, el cual tiene un cargo político en el Consejo Deliberante de Esquel, que le cuesta a los esquelenses cerca de $2.400.000 por mes; algo así como $31.200.000 al año… suficiente como para paliar el hambre de muchas familias en Gaza. Lo más incomprensible es que oficia de secretario de un bloque de una sola persona. Desde ya que este personaje vive desde hace muchos años del estado, no se conoce su labor real, tangible, ni se entiende por qué gana más que la mayoría de los empleados municipales de carrera que cumplen horario completo y trabajan eficazmente; y tampoco se le conoció actividad privada alguna. Los hechos matan el discurso; la hipocresía florece.

Usurpación del nombre de una asamblea desaparecida
Desde el Frente Vecinal también se jactan de que Agüero integra la “Asamblea por el No a la Mina de Esquel”. Lo que no aclaran es que esa asamblea se disolvió en 2005, hace más de dos décadas. Hoy, solo un grupúsculo de izquierda se adueñó de aquel nombre para engañar a la población esquelense haciéndoles creer que representan una lucha ciudadana que ya no existe. La supuesta pertenencia que pregona el partido vecinal se construye sobre una mentira.
Pero además, distorsionan totalmente el sentido de lo que fue originalmente esa asamblea, que estaba conformada por todos los sectores sociales y no era de izquierda, mezclándola con cuestiones que no tienen ninguna relación con aquel movimiento del 2002/3.
El verdadero drama de Gaza: ningún extremismo ayuda
No hay dudas de que la situación entre Israel y Gaza es verdaderamente conflictiva y preocupante. La población civil gazatí la está pasando muy mal: viven bajo bloqueo, bombardeos y escasez de alimentos, medicinas y agua potable. Pero también es cierto que muchas agrupaciones de izquierda como la que impulsa esta flotilla le hacen un flaco favor al conflicto, ya que históricamente han apoyado o justificado al terrorismo, como es el caso de Hamas, organización declarada terrorista por numerosos países.
Dos caras de una misma tragedia humana
Es necesario poner ambas miradas sobre la mesa, desvinculando a la población civil de las decisiones de los gobiernos y de los grupos terroristas.
- Mirada pro Israel: El Estado de Israel tiene derecho a defenderse ante ataques terroristas. Hamas sigue presente en Gaza, diezmado pero activo, y sus líderes utilizan a los civiles como escudos humanos. El bloqueo naval es una medida de seguridad para evitar el ingreso de armas, drogas y elementos que puedan financiar el terrorismo. La flotilla interceptada —que según fuentes oficiales israelíes transportaba preservativos y sustancias sospechosas— no es una misión humanitaria genuina sino una maniobra de propaganda.
- Mirada pro Gaza (humanitaria, no política): La población de Gaza no es Hamas. Allí viven madres, niños, ancianos y trabajadores que nada tienen que ver con los ataques del 7 de octubre de 2023. Sufren con un bloqueo que les impide acceder a insumos básicos. La comunidad internacional debería poder asistirlos sin que eso sea considerado una amenaza para Israel. Lo que necesitan es ayuda real, no activistas que viajan en veleros con mochilas escolares mientras se hacen los mártires frente a una cámara.
El drama de Gaza.
Lo que ocurre en Gaza es un drama humanitario que merece atención seria y recursos bien administrados. Pero acciones como la de Cristina Agüero —financiadas con dinero que pudo haber comprado alimentos o medicinas, protagonizadas por grupos que usurpan identidades vecinales y que se victimizan cuando son detenidos en aguas internacionales— no ayudan a ningún gazatí. Solo alimentan el ego político de una izquierda marginal que confunde el martirio planificado con la solidaridad.
Lo de Critina Agüero era sabido que pasaría, entonces, no cabe la menor duda de que todo esto estuvo planificado para un acting de martirización mediática, mientras las víctimas de Gaza siguen sin atención.
El pueblo de Chubut y de Argentina merecen una discusión seria sobre el conflicto, no farsas mediáticas a 13.000 kilómetros de distancia.





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