Sergio Massa, exministro kirchnerista y excandidato presidencial, volvió a ser protagonista de la polémica tras burlarse en redes sociales de José Luis Espert, quien renunció a su candidatura luego de una operación mediática impulsada desde el propio kirchnerismo. Lo curioso —y a la vez indignante— es que Massa, cuyo entorno político está plagado de condenados e imputados por corrupción, pretenda acusar a otros de vínculos con el narcotráfico sin una sola prueba.
Durante su campaña presidencial, Massa fue motivo de comentarios virales por la visible alteración en su rostro durante varios actos públicos. Miles de usuarios en redes sociales señalaron su comportamiento como típico de una persona bajo el efecto de estupefacientes. Aunque jamás hubo confirmación oficial, el tema encendió las alarmas sobre el estado de quien pretendía liderar un país sumido en la crisis económica y moral más profunda de su historia reciente.
A pesar de esas sospechas y de su cercanía con figuras del kirchnerismo condenadas por delitos graves, Massa no dudó en lanzar una chicana en la red social X (antes Twitter) contra Espert: “Se subió al avión, a la camioneta, a la motito y se terminó tomando el buque…”. Una frase burlona que refleja más desprecio que argumentos, y que evidencia la estrategia política de siempre: desviar la atención de los verdaderos responsables del deterioro nacional señalando a otros con acusaciones vacías.
José Luis Espert, economista liberal y dirigente de La Libertad Avanza, fue víctima de una de esas campañas sucias. El kirchnerismo lo tildó de “narcotraficante” por una transferencia bancaria realizada años atrás, totalmente legal y declarada, proveniente de una empresa cuyos propietarios recién después fueron investigados por lavado de dinero. Es decir, un vínculo inexistente. Ninguna causa judicial, ninguna investigación, ningún indicio real.
La hipocresía política del kirchnerismo alcanza niveles grotescos: quienes se refugian detrás del relato de la “lucha contra la corrupción” son los mismos que protagonizaron la decadencia moral, económica y judicial del país durante las últimas décadas. Massa, que fue parte activa de ese entramado, intenta presentarse como fiscal de la ética pública mientras carga sobre sus hombros el peso de un modelo político corroído y agotado.
El episodio no es menor. Expone una vez más la forma de hacer política de un espacio que, incapaz de defender su gestión, recurre a la difamación como herramienta de supervivencia. La desfachatez de quienes destruyeron la confianza en las instituciones y empobrecieron a millones de argentinos sigue siendo su marca registrada.




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