La muerte de un anestesista por sobredosis destapó la cloaca de la profesión médica: fiestas clandestinas, robos de fármacos en hospitales de prestigio y una casta de irresponsables que juegan con la vida.
La nobleza de la medicina, esa virtud que debería blindar a sus practicantes contra la tentación de la estupidez, ha sido violentada una vez más por un grupo de individuos que, parapetados tras la bata blanca, convirtieron la farmacia hospitalaria en su propio carnaval de la muerte. El reciente hallazgo del cadáver del anestesiólogo Alejandro Zalazar, encontrado con una vía en el pie y una bomba de infusión en su casa, no es solo el trágico final de un adicto. Es la fotografía de la podredumbre interna: una red de profesionales que, con la audacia del delincuente y la excusa de la inteligencia, saqueaban insumos vitales para organizar “Propo fests” y orgías químicas.
Mientras el resto de la sociedad confía ciegamente en que quien administra el sueño inducido durante una cirugía es un pilar de la ética, estos despreciables personajes demostraron que la cercanía a sustancias como el propofol y el fentanilo—el mismo cóctel que acabó con la vida de Michael Jackson—es solo una oportunidad más para satisfacer sus perversiones. En lugar de custodiar la vida, estos irresponsables se creían astutos, considerándose por encima del bien y del mal, capaces de controlar lo incontrolable. Pero la ciencia fue más dura que su soberbia: el paro respiratorio no entiende de títulos universitarios.
El caso, que salió a la luz tras la muerte del facultativo del Hospital Gutiérrez, ha salpicado a otra institución de renombre, el Hospital Italiano, de donde fueron sustraídas las drogas que terminaron en el cuerpo del médico fallecido. Allí, un anestesiólogo y una residente fueron señalados como los proveedores de este circuito macabro. La falta de controles en estos centros de alta complejidad no es un error administrativo; es un facilitador cómplice que permitió que narcóticos de uso estrictamente hospitalario terminaran siendo la diversión de una élite degenerada.
Las investigaciones revelan un submundo repugnante: por un lado, la venta de “viajes controlados” a incautos que pagan por ser sedados hasta el borde de la apnea; por otro, fiestas sexuales donde estas sustancias se usan como armas de sometimiento químico. Es la mercantilización del sufrimiento y el vaciamiento de la esencia hipocrática. Mientras los hospitales públicos reportan faltantes de insumos y las listas de espera se eternizan, estos delincuentes con título se daban el lujo de robar la esperanza y la salud materializada en jeringas.
Sin embargo, la tragedia de Zalazar sirve como una moraleja inapelable. Las medicinas robadas, destinadas a calmar el dolor de niños y adultos, terminaron siendo el instrumento de purga del propio sistema. La sobredosis que mató a este anestesista y las renuncias forzadas de sus cómplices funcionaron como una depuración necesaria, extirpando a esos imbéciles que, con su conducta antisocial, mancillan a los verdaderos profesionales y siembran la semilla de la desconfianza en la ciencia médica. Que sus nombres queden como advertencia: la astucia no existe donde reina la irresponsabilidad. El sistema de salud se limpia, a veces con sangre, pero siempre con la verdad.




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