La psicología ayuda a millones de personas, pero su sobrevaloración la convierte en un terreno ambiguo entre ciencia, mito y abuso profesional.
Durante gran parte del siglo XX, la psicología fue mirada con desconfianza, asociada a charlatanería y teorías sin sustento. Con el tiempo, logró reconocimiento académico y social, consolidándose como herramienta clave para comprender la mente y las emociones humanas. Millones de pacientes en todo el mundo pueden dar testimonio de cómo una terapia psicológica les permitió superar traumas, angustias o padecimientos profundos.
Sin embargo, esa misma disciplina que tanto alivio brinda también arrastra críticas: no siempre ofrece resultados, no todos los pacientes encuentran mejoras y, en ocasiones, la figura del psicólogo se eleva como si poseyera verdades absolutas que exceden sus propios límites científicos.
El riesgo de sobredimensionar la psicología
A diferencia de las ciencias exactas, la psicología se mueve en un territorio marcado por la subjetividad. Lo que funciona para una persona puede no servir para otra. Este carácter variable no debería ser un problema en sí mismo, pero lo es cuando algunos profesionales o pacientes presentan la psicología como una disciplina infalible, casi una religión moderna que promete respuestas para todo.
No son pocos los ejemplos de psicólogos que, al tiempo que aconsejan a otros cómo ordenar su vida, muestran en la suya propia un caos absoluto. La incoherencia entre el discurso profesional y la práctica personal erosiona la confianza social y abre el debate sobre los límites reales de esta ciencia.
Entre la ayuda y la frustración
El balance histórico es claro: muchas personas han mejorado su calidad de vida gracias a la psicología, pero otras tantas aseguran que no les aportó nada. Esa disparidad no invalida la disciplina, pero sí obliga a replantear la manera en que se la comunica y se la practica.
Idealizar la psicología como si fuera una solución universal genera frustración, sobre todo cuando la realidad muestra que cada caso requiere un abordaje distinto y que el error, la subjetividad o la mala praxis también están presentes.
Cuando la psicología se mete en la justicia
Más allá del plano personal, hay escenarios donde la sobrevaloración de la psicología resulta preocupante. Uno de ellos es el judicial. En denuncias de abusos o conflictos familiares, una pericia psicológica puede tener un peso desproporcionado. La sugestión, los recuerdos implantados y la interpretación subjetiva del profesional pueden inclinar la balanza en casos donde lo que debería primar son pruebas objetivas y claras.
No se trata de cuestionar la importancia de proteger a las víctimas, sino de advertir que la psicología no puede ocupar el lugar de jueces y pruebas materiales.
Ciencia valiosa, pero no absoluta.
La psicología es, sin duda, un aporte invaluable al entendimiento humano. Ha permitido avanzar en campos antes inexplorados y ha abierto caminos de sanación emocional impensados. Pero no es una ciencia exacta ni debe presentarse como tal.
Sobrevalorarla conduce a dos peligros: la frustración de quienes esperan soluciones mágicas y el riesgo social de tomar decisiones trascendentes basadas en interpretaciones que no siempre son certeras.
La clave está en reconocer su valor, pero también sus límites. La psicología puede acompañar, orientar y ayudar, pero no reemplazar la complejidad de la vida, ni mucho menos la justicia.




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