José Luis Espert renunció a su candidatura sin pruebas en su contra, mientras el kirchnerismo festeja una operación política sin precedentes.
La política argentina acaba de ofrecer uno de sus episodios más insólitos: el espacio más corrupto de la historia reciente, el kirchnerismo, logró celebrar la renuncia de un candidato oficialista absolutamente inocente. José Luis Espert, sin una sola prueba que lo vincule al narcotráfico, fue empujado a dar un paso al costado por una operación mediática y política que sólo busca ensuciar al oficialismo.
La caída del diputado liberal llegó a apenas veinte días de las elecciones, tras una lluvia de titulares sobre su presunta relación con Fred Machado, un empresario acusado de narcotráfico. Pero el detalle que los grandes medios omitieron es que jamás existió el más mínimo dato, evidencia o documento que relacione a Espert con la actividad ilegal del empresario. Su único “pecado” fue haber tenido, años atrás, un contrato profesional con una firma que luego se supo vinculada a Machado. Nada más. Ningún delito, ningún dinero sospechoso, ninguna reunión clandestina.
Pese a esa realidad, la maquinaria política y mediática no tardó en actuar. El mismo kirchnerismo que aún arrastra decenas de causas por corrupción, enriquecimiento ilícito y lavado de dinero, encontró en Espert una oportunidad para desviar la atención. Lo más curioso —y paradójico— es que la presión fue tan eficaz que logró lo impensado: la renuncia de un candidato oficialista por un caso sin delito. Los corruptos, increíblemente, festejan.
“Yo no tengo nada que ocultar”, escribió Espert en su mensaje de despedida, reafirmando su inocencia y denunciando una operación “sostenida por un despiadado juicio mediático”. La frase resume el sentir de muchos argentinos cansados de ver cómo la justicia y los medios se convierten en herramientas políticas para destruir reputaciones y condicionar elecciones.
Desde el oficialismo, Javier Milei lamentó la decisión pero reconoció que el foco debe permanecer en el proyecto de cambio. Sin embargo, el episodio deja una marca: mientras los verdaderos responsables del saqueo nacional siguen impunes, la Argentina política logra derribar a uno de los pocos dirigentes sin pasado oscuro.
El caso Espert no habla sólo de un hombre, sino de un sistema. Un sistema que castiga la honestidad y premia la manipulación, que necesita fabricar escándalos para ocultar sus propios delitos. Y en ese contexto, lo verdaderamente escandaloso no es la renuncia del economista liberal, sino el festejo de los corruptos.




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