Cuando Oscar Galian llegó a Esquel, en diciembre de 1977, lo hizo con el mismo espíritu que lo había acompañado siempre: el del trabajo, la precisión y la curiosidad por entender cómo funcionan las cosas. Había sido trasladado desde Azul, en la provincia de Buenos Aires, como miembro del Ejército Argentino. Pertenecía al cuerpo de profesionales, especializado en mecánica de óptica y aparatos de precisión —binoculares, telémetros, brújulas—, una especialidad tan poco común como exacta.
Se había graduado en la Escuela de Mecánica del Ejército “Tte. Luis Beltrán”, donde aprendió el oficio con rigor militar y con pasión por el detalle. Pero Oscar no se conformó con eso. Recuerda, entre risas, las palabras de uno de sus profesores:
“Hay que seguir estudiando, hay que seguir estudiando”. “Y yo fui uno de los ‘giles’ que le dio bola”, dice sonriendo, “y aproveché todo el año 1967 para hacer la carrera de óptico-técnico en la Escuela Manuel Belgrano”.
Esa decisión marcaría el rumbo de su vida.

Ahora, ya afincado en Esquel —“un lugar que tuve que buscar en el mapa porque no lo conocía”—, recuerda con una sonrisa aquellos primeros tiempos. “Claro, en ese entonces el asfalto en nuestro pueblo terminaba en la Mitre”, dice, evocando una ciudad muy distinta a la de hoy.
“Era la época de la Presa”, agrega, “así que el pueblo estaba lleno de boîtes y cabarets, y los locales importantes eran apenas Lahusen y La Anónima”. Los fines de semana el movimiento era incesante: cuando cobraban las quincenas bajaban al pueblo más de dos mil trabajadores de la presa, y además había mil soldados conscriptos en el Regimiento.
En ese contexto bullicioso y en plena etapa de crecimiento de la ciudad, Oscar empezó a pensar en algo propio. Tenía el oficio, la formación y, sobre todo, las ganas. Y también el apoyo de su familia, que fue parte fundamental desde el primer día. Así nació la idea de abrir Óptica Esquel, la primera óptica de la ciudad, en un pequeño local de la Avenida Ameghino, casi esquina 25 de Mayo.
La inauguró el 6 de agosto de 1978, impulsado por una necesidad concreta: en Esquel no había ningún servicio de óptica. “Era un poco complejo —recuerda— porque había que pedir todo a Buenos Aires. Los pedidos de cristales se hacían por operadora y podían demorar diez minutos o tres horas, según cómo anduviera la conexión.”
En esos tiempos, cuenta, fue de enorme ayuda la mensajería que tenía Sonia Kraiselburd, un verdadero nexo con el resto del país. “Yo le entregaba los paquetes y ella los mandaba por Aerolíneas Argentinas; después alguien los buscaba en Buenos Aires y los entregaba donde correspondía.”.
Recuerda también que en aquellos primeros años no había médico oftalmólogo en Esquel. Por eso, el que veía a los pacientes era el doctor León, de Bariloche, que una vez por mes bajaba hasta Las Heras o Pico Truncado y, de paso, atendía en la Clínica Cruz Blanca. “Ese día venía todo el pueblo”, comenta Oscar, evocando con humor las largas filas y el movimiento incesante en la óptica.
Cuando el doctor León llegaba, la demanda se multiplicaba. Óptica Esquel trabajaba a pleno: se entregaban los nuevos anteojos y, en los días siguientes, se hacían las reparaciones y los ajustes finales. Poco a poco, la ciudad fue creciendo y también el número de profesionales que se fueron sumando.
Primero llegó el doctor Luis Federico, que además trabajaba en el Servicio Penitenciario; luego el doctor Soria; más tarde el doctor Bustos, oftalmólogo del Ejército; y finalmente el doctor Polzonetti, con quien Oscar comenzó una etapa distinta. A partir del año 2001, ambos empezaron a salir al interior —a pueblos y parajes de la región— para atender allí, respondiendo a los pedidos de los intendentes que reclamaban con insistencia una atención oftalmológica para su gente.
“Vos a mí me solucionás un problema”, le decían siempre las autoridades del interior. Y no era para menos: gracias a esas visitas conjuntas con el doctor Polzonetti, mucha gente podía recibir atención sin tener que viajar cientos de kilómetros.
“Claro —explica Oscar—, si nosotros no hacíamos esa tarea, los pacientes tenían que venir hasta Esquel en ambulancia. Pero las ambulancias eran pocas, y las urgencias tenían prioridad. Así que si había una parturienta… bajaba el de los anteojos y subía la parturienta”, cuenta entre risas.
Detrás de esa anécdota pintoresca se escondía una realidad dura: la falta de recursos y la distancia hacían que cada viaje fuera un desafío. Pero Oscar nunca se negó. Con su instrumental, sus lentes y su voluntad, fue parte de esas pequeñas cruzadas sanitarias que ayudaron a mejorar la vida de cientos de vecinos del interior.
En el año 1995, su hijo —también llamado Oscar— culminó la carrera de Óptica y Contactología. No dudó en volver a Esquel, siguiendo los pasos de su padre, y juntos dieron un nuevo impulso al oficio familiar.
Así nació Óptica Amancay, habilitada en conjunto por ambos, y que con el tiempo se convirtió en la óptica más grande de la ciudad, ubicada en plena calle 25 de Mayo. Era, en cierto modo, la continuación natural de aquella primera aventura iniciada en 1978, pero con una mirada renovada y moderna.
“Siempre la peleamos codo a codo —cuenta Oscar padre—, pero tuvimos una relación excelente, y eso hizo que todo fuera mucho más fácil.”
Pero la historia de Oscar Galian (padre) no termina en los anteojos ni en los lentes. Su vocación de servicio lo llevó también a involucrarse en la comunidad desde otro lugar: el Rotary Club de Esquel. Allí tuvo una participación destacada, llegando a ser su presidente durante el período 2015-2016.
Habla del Rotary con entusiasmo y orgullo. “Es un club de servicio —dice—. Uno ve qué se puede hacer por la gente. Es gente en acción, gente que hace algo.” Esa definición, sencilla pero profunda, refleja su manera de estar en el mundo: hacer, ayudar, construir.
El lema del Rotary —“Dar de sí sin pensar en sí”— parece hecho a su medida. Porque a lo largo de su vida, tanto detrás del mostrador de la óptica como en cada proyecto solidario, Oscar Galian ha encarnado justamente eso: la generosidad silenciosa de quien mejora la vida de los demás sin buscar reconocimiento.
Esquel lo vio progresar, crecer y formar su familia. Pero Oscar siente que todavía hay mucho por hacer. “Hay muchísimas cosas para hacer”, reconoce con esa mirada inquieta que nunca perdió. Sin embargo, lo dice sin nostalgia ni reproche, sino con la serenidad de quien ha encontrado su lugar en el mundo.
“No lo cambiaría por nada”, afirma. Y entonces, casi sin proponérselo, resume su vida en una frase llena de gratitud:
“Le agradezco al Ejército Argentino, porque me dio lo más grande: me dio una profesión y me trajo a Esquel. Acá soy feliz.”
“La tranquilidad que tenés acá no te la da ningún lugar del país —agrega—. Vas caminando y todo el mundo te saluda.”
Con esa simpleza que lo caracteriza, Oscar Galian define lo esencial. Porque Esquel fue para él mucho más que un destino: fue su hogar, su lugar en el mundo.
“Fue una ciudad muy acogedora —dice—, me dio muchas satisfacciones. Conocí mucha gente, y mucha gente me ayudó.”
Y así, con su oficio, su pasión y su dedicación, Oscar Galian deja una marca que trasciende los anteojos y los cristales: enseñó que cuidar la mirada es cuidar la vida, y que con compromiso y generosidad se puede hacer que una ciudad vea más lejos y mejor.-




Deja una respuesta