*Por Juan Bautista Alberdinangus
(Crónicas del Palacio de la Risa)
Hay derrotas que se explican. Otras que se esperan. Y después están las de los que integran en la actualidad el Colegio de Abogados, que ya forman parte del calendario cívico local: otoño, invierno, elección del Consejo de la Magistratura, y la consabida paliza.
Una vez más, los ilustres representantes del “foro” —ese grupo que en los papeles debería defender la dignidad de la abogacía— fueron derrotados por goleada en las urnas. No por una ola de renovación, ni por un movimiento insurgente o por una lista organizada, como la llamaron ellos: simplemente, porque nadie los quiere votar. En rigor, lo único que los mantiene en escena es la falta absoluta de competencia: no ganan elecciones, las heredan. Están ahí porque nadie más quiso presentarse, ni cargar con la tediosa tarea de representar a un organismo que ya nadie toma en serio.
Son los campeones del “por default”. Los eternos suplentes que se creen titulares porque no hay banca vacía.
Otro papelón, y van….
En su intento eterno por obtener el escaño que nunca consiguen, los muchachos del Colegio volvieron a escena con su clásico disfraz de democracia. Organizaron una “asamblea abierta” —de esas que suenan muy participativas en el papel pero que, como en Cuba, se utilizan para imponer voluntades— para que las abogadas presentes dijeran quién quería ser candidata al Consejo de la Magistratura. Una suerte de casting institucional donde, por supuesto, ya tenían decidido quién debía quedar.

Pero el plan se les volvió en contra. No solo fueron poquísimos los que se tomaron el trabajo de ir, sino que nadie tomó en serio al Colegio de Abogados, y sus pretensiones imperiales (bueno… imperiales) fueron rápidamente desarticuladas por una lista armada en apenas un par de días, con dos excelentes candidatas, con más coordinación de la que ellos lograron en cuatro años, y con más legitimidad que todos sus comunicados juntos.
—“Pobre Colegio”, decía un abogado en la barandilla de El Palacio de la Risa, mientras intentaba que lo atendieran y que alguna secretaria de Cámara estuviera, por una vez, en su lugar de trabajo.
“La verdad que sí”, pensé para mis adentros, recordando lo que había dicho el abogado de Cristóbal hace poco, cuando vio que El Emperador empezaba a caer. En su desesperación por subirse a la ola y sacar algún rédito del derrumbe, salió a buscar cámara y dejó para la posteridad una frase digna de encuadre:
“Nos desconcierta bastante el silencio del Colegio de Abogados, que parece más preocupado en organizar la fiestita del Día del Abogado que en este tipo de cuestiones institucionales.”
¡Chan! Ironías del destino: el mismo que antes votaba con el Colegio, ahora los critica y habla de institucionalidad…
-“Hasta éste se les anima” —dijo otro profesional, entre sorna y resignación, mientras escuchaba la entrevista que le hacía el periodista pautero.
Cuando no quieren que participes….
En realidad, en el Palacio de la Risa, la democracia siempre es un concepto elástico. Tanto, que el Colegio de Abogados decidió —con la solemnidad de quien cree que manda— arrogarse la facultad de proponer candidatos al Consejo de la Magistratura. Un pequeño detalle: la elección es completamente independiente, y el representante de los abogados no representa al Colegio, sino a todos los profesionales del fuero. Pero claro, eso parece no haber llegado a sus manuales internos.

Convencidos de su propia -aunque inexistente- importancia, previo al acto eleccionario le comunicaron a la candidata electa que no informarían nuevas postulaciones fuera de la lista de abogadas que habían manifestado su intención de competir en las reuniones celebradas por el propio Colegio. Reuniones en las que, como ya dijimos, casi nadie participó. Es decir, la quisieron dejar afuera.
No soportaron, en realidad, el riesgo de la democracia real. En el fondo, lo que más le incomoda no es perder –porque para eso ya están acostumbrados- sino la posibilidad de competir en serio.
Y, paradójicamente, eso fue lo mejor que pudo pasar: dejó al descubierto, una vez más, cómo operan algunos abogados (sobre todos, los que se llenan la boca hablando de ética y seriedad), y provocó la reacción de quienes, sin aparato ni padrinazgos, les ganaron limpiamente donde más les duele: en las urnas.
Recordar no es envejecer…
Y hablando de operar, vale recordar aquel capítulo inolvidable de hace cuatro años, que también tuvo como protagonista al Colegio de Abogados (presidido en ese entonces por Juan Pablo Sarquis y Juan Esteban Rimoldi) y a los mismos personajes de siempre. En aquella ocasión, con una creatividad digna de estudio, la representante designada por el Colegio, María Cristina Mombelli y el juez Petris decidieron que no se permitiera la fiscalización de las elecciones, alegando —nada menos— que el control de votos implicaba un riesgo sanitario. La democracia, al parecer, también debía guardar aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Pero eso fue apenas el comienzo del show. Cuando los resultados no les gustaron —porque perdió Kadomoto y ganó Dr. Jalón— apareció el argumento estrella: pidieron anular la urna de Lago Puelo, alegando que había “más votos” de los que correspondían. Un detalle menor: ellos mismos —a través de su representante, la Dra. Kagerer— habían supuestamente controlado la urna… aunque, visto el resultado, más que control, parece que solo la miraron pasar. Del otro lado, ni fiscales hubo, y ningún abogado de Esquel viajó a votar allá.
Lo increíble es que lograron su cometido. Con la gran colaboración de algún supremo “comprensivo” –para utilizar un calificativo benévolo- y algún político de aquella época nefasta, consiguieron la anulación. Pero la historia no terminó ahí: se convocó a una nueva elección, y el karma llegó en forma de escrutinio. Perdieron por paliza en Lago Puelo, y —para no dejar dudas— también en Esquel, donde antes el resultado había sido más ajustado y donde casualmente la Dra. Mombelli y el Dr. Petris habían impedido el control del comicio. Paradojas del destino.
Aquel día, mientras algunos hacían malabares para sostener el falso relato instaurado, Mariano Jalón se plantó con una claridad que todavía incomoda. Defendió la transparencia, pidió reglas parejas y, para colmo, les volvió a ganar en su propio juego.
Y lo más interesante fue que, a pesar de la mala imagen que suelen tener los abogados, la mayoría no compró la tramoya: vieron el intento, entendieron el juego espurio y no avalaron el procedimiento. Fue una de esas raras veces en que el fuero eligió dignidad por sobre conveniencia.
Perder ya no es una tragedia: es una tradición.
En fin, si algo hay que reconocer, es que el Colegio tiene constancia.
Cada ciclo repite la misma escena: grandes gestos, frases solemnes, cantos a la democracia, alguna maniobra mal disimulada y el final previsible, con derrota incluida.
Da la impresión de que, en realidad, no juegan para ganar, sino para que otros no ganen. Como en aquella escena de Django desencadenado, cuando el esclavo Stephen le expresa a su amo:
“No quiero tener un caballo… quiero que él no lo tenga.”

Y ahí está todo dicho: no es una cuestión de querer hacer bien las cosas o —por lo menos— de hacerlas de otra manera, sino de envidia, de rencor, de resentimiento.
El trípode perfecto del fracaso.
Pobre gente.
Aunque, en rigor de verdad, ¡Cuántos Stephen nos cruzamos en la vida!
Otra función del Palacio de la Risa, con entrada libre y final cantado: el público se ríe, los protagonistas se ofenden… y el show continúa.-
Hasta la próxima derrota!!! (si todavía estamos).




Deja una respuesta