Hola, Hola!!!! Cómo están? Espero que bien!
Hoy voy a ser cortito y al pié, como decía mi entrenador de fútbol.
Confieso que siempre me fascinó el título que eligió Churchill: “Se cierne la tormenta” para abrir sus memorias sobre los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Un tiempo en que las nubes negras estaban a la vista, pero los líderes europeos preferían la comodidad de la negación. Fingían calma, mientras el cielo se cerraba.
Esa imagen del cielo oscureciéndose mientras todos hacen como si nada pasara, me resulta inmejorable. Y ahora, cada vez que piso El Palacio de la Risa, se me viene a la cabeza: se avecina tormenta, y algunos deberían empezar a mirar hacia arriba.
Porque las nubes no entienden de fueros, y El Emperador, que hasta ayer se movía con la seguridad de quien se cree eterno y con la complicidad y complacencia de muchos, hoy parece que las tiene sobre su cabeza. El murmullo de pasillo se volvió sumario, las sospechas pasaron a ser pruebas contundentes y lo que antes era “malicia de detractores” hoy circula como verdad incómoda en voz baja. El Emperador que se pensaba impermeable empieza a descubrir que la toga no resiste la tormenta.

Y atención: me contó esa chusma de siempre —y aquí está lo verdaderamente interesante— que la tormenta no se conformará con arrastrar al emperador en cuestión. Porque ninguna nube carga sola: alrededor suyo hubo un coro de cómplices, emperadores y funcionarios que callaron, que sonrieron, que levantaron la mano para tapar irregularidades y que aplaudieron con entusiasmo cuando convenía hacerlo y cuando cagaban a la gente. Esa guardia pretoriana de silencios bien pagos y de complicidades tácitas también estaría a punto de mojarse. De hecho, también me comentaron que una asociación de transparencia habría empezado a leer todas las sentencias del tribunal en crisis, y habría encontrado algunas cositas interesantes…
El espectáculo es delicioso. Caras de sorpresa ensayadas, cejas arqueadas, discursos éticos de alquiler… ¡una función de hipocresía que merecería su propio festival!.
En resumen: prepárense. Lo mejor está por venir.
Y yo, desde mi butaca, miro el cielo. Lo veo cerrarse. Y sonrío. Porque se cierne la tormenta, y esta vez no habrá refugio, ni paraguas, ni silencio que alcance. Los truenos no distinguen jerarquías: cuando caen, caen sobre todos. Y está bien que así sea. Por fin conocerán lo que es rendir cuentas ante algo más grande que ellos: la verdad.

Después de todo, el agua limpia —a veces- también arrastra. Lástima que no haya feria judicial para el clima.
Hasta la próxima!!! (si todavía estamos).-




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