Primos en guerra. Cargadoras y escopetas.
Hola, hola!!!!! Cómo están? Esto no para!!!! Siempre tenemos algo nuevo para contarles, así que acomódense en sus butacas y traigan pochoclo!!!!
Arrancamos esta edición de El Palacio de la Risa con ese juicio digno de una saga de Netflix versión cordillerana.
Qué linda la familia unita!!!!!
En el Palacio de la Risa, donde los expedientes se reproducen más rápido que las ratas de archivo y muchos emperadores generan más vergüenza que sentencias, un jurado popular acaba de escribir una página gloriosa: declaró culpable de tentativa de homicidio, daño y portación de armas a un primo que intentó resolver un problema familiar con la sutileza de una pala cargadora y un tiro de escopeta.
El hecho, ocurrido en la siempre apacible aldea de Cholila, comenzó cuando el acusado decidió que la mejor forma de dialogar era acelerar una máquina de varias toneladas hacia su pariente. Como el intento de mediación no prosperó, optó por el clásico Plan B: un disparo.
El hecho fue tan impactante que la propia víctima filmó todo con su celular. El video —una mezcla entre Rápido y Furioso: Edición Rural y documental de fauna salvaje— terminó formando parte de una nota del Diario La Nación, que la presentó con la gravedad épica de una tragedia patagónica y la edición de un reality de horario central.
La defensa, en un acto de fe digno de canonización, pidió la absolución. Argumentó que su cliente actuó “en legítima defensa de un tercero”. Algo incomprensible incluso para el propio tercero, que ni sabía que lo estaban defendiendo. Según la teoría defensista, el primo agresor habría actuado movido por un impulso altruista, casi heroico, aunque armado y a bordo de maquinaria pesada.
Eso sí, la gente que miraba el juicio decía en voz baja «¡Qué nivel!!!! Le choca la Amarok y después lo caga a tiros!!! Si yo peleo con mi primo le choco la bici con la moto y después le tiro una piedra«.
Defensa inaudita
Realmente inaudita e inentendible fue la defensa. El abogado —que antes de empezar ya había avisado que el imputado “había estado mal defendido” antes de que él tomara el caso— logró superarse: su “teoría del caso” (como se llama ahora para sonar moderno) fue terrorífica. En lugar de dar pelea, se dio por entregado. Dijo que aquello era una lucha “entre David y Goliat”, porque de un lado estaba él… y del otro, el mejor fiscal de la comarca y el mejor abogado de la región.
Con semejante arranque, más que una defensa, fue una confesión con escenografía.

Pero eso no fue todo. Porque el defensor —o, mejor dicho, el representante del acusado, porque defensor es quien defiende bien— aparentemente se enredó con todo. Su “teoría del caso”, que ya había empezado como terrorífica, se transformó en un nudo imposible de desatar. Cada vez que intentaba explicar algo, la sala se llenaba de silencios incómodos y miradas que decían: “¿En serio eso estamos escuchando?”.
Cada vez que el abogado intentaba explicar su versión, los murmullos en la sala se multiplicaban: unos contenían la risa como podían, otros tomaban nota como si fueran cronistas de reality, y algunos jurados empezaban a preguntarse si el verdadero espectáculo no estaba en la defensa misma. Porque, en el Palacio de la Risa, los defensores pueden robarse el show… aunque no quieran.
La luz roja de las cámaras.
Lo más impactante, sin embargo, ocurrió días después. Porque el defensor —sí, el mismo que parecía perdido en su propia teoría— apareció en un canal de televisión local, en pleno noticiero, enfundado en su traje de jurista como si fuera un superhéroe del derecho. Allí dio cátedra sobre lo ocurrido y explicó con solemnidad cada detalle… como si hubiera ganado el juicio por goleada.
“¿Se habrá dado cuenta de que perdió?”, se preguntaban los televidentes. “¿O cree que el veredicto fue solo un malentendido?.
Sea como fuere, el que peor la sacó fue, sin dudas, el acusado. Porque su “defensor estrella” no logró rebatir ninguno de los cargos, convirtiendo lo que podría haber sido una defensa épica en una especie de espectáculo cómico involuntario. Y mientras él veía su futuro entre barro, pala y escopeta, la audiencia solo podía asentir, aplaudir y tomar nota para la próxima edición del Palacio de la Risa.
Universidad del Desastre Legal
Si alguien creía que la justicia podía sobrevivir solo con buena voluntad, el juicio de Cholila demostró lo contrario. Es hora de repensar seriamente el rol de la universidad local: no pueden seguir sacándose abogados “a mansalva”, como si fueran diplomas de colección.
Más allá de lo gracioso que resulta ver a un defensor perdido en su propia teoría, no podemos olvidar que en juego están libertades, patrimonios y vidas. No se trata solo de espectáculo para televidentes y cronistas judiciales: la risa es inevitable, pero las consecuencias son muy reales.
En este escenario, el acusado —ya condenado— se convierte en el protagonista involuntario de un circo académico, donde la educación y la praxis jurídica parecen haberse dado vacaciones simultáneas. Y mientras todos miran el show desde las butacas de El Palacio de la Risa, alguien tendría que preguntarse: ¿cuántos otros casos están a merced de diplomas mal ganados y defensas improvisadas?
Que nadie se enoje!!!!. El objetivo no es burlarse por burlarse. Aquí seguimos, entre risas y asombro, señalando lo que no funciona y riéndonos de lo inevitable. En el Palacio de la Risa, los juicios se vuelven espectáculo, los defensores pueden robarse el show sin querer, y los diplomas se ponen a prueba frente a la realidad.
Y así dejamos esta columnita linda cerrada: con un ojo en el expediente, otro en la pala cargadora y un tercer ojo… en la risa que nos recuerda que la justicia puede tardar, pero el espectáculo… nunca termina.
Hasta la próxima! (si todavía estamos, es decir, si no me arrollan con una pala cargadora o no me pegan un escopetazo como a un pato!!!).




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