EL SHOW DEBE CONTINUAR
Hola a todos!!!!! Cómo están???? Seguramente me extrañaron!!!!
Bueno, sí, me tomé en realidad unos días de vacaciones para pensar, analizar lo que viene y, sobre todo, descubrir que mi inbox puede alcanzar niveles de drama dignos de telenovela. Entre un café y otro, me pregunté: “¿Cómo sobreviví sin revisar WhatsApp cada cinco minutos?”.
Y claro, después de una profunda meditación (y varias siestas estratégicas), llegué a la conclusión de que el mundo sigue girando, pero algunos siguen tratando de empujarlo hacia el desastre… lentamente, pero con mucho estilo.
Mucha agua corrió bajo el puente en este último tiempo, así que tenemos un poco de tela para cortar. Vamos a ver varias cositas que pasaron…
De príncipe a mendigo.
Y hablando de dramas que parecen sacados de novelas clásicas… tenemos a nuestro propio “Príncipe y Mendigo” judicial. El Emperador, ante la avalancha de denuncias y el revuelo que se armó, decidió que lo mejor era pasar desapercibido, muy al estilo de la célebre novela de Mark Twain.

No estamos hablando de un simple “me hago invisible”. No, señores. El tipo estaciona la camioneta donde nadie pueda verlo, como si la sombra de un paparazzi rondara cada esquina. Y como la discreción es la nueva moda, se rumorea que pronto hará sus apariciones públicas en los tribunales montado en los colectivos de Transportes Jacobsen, demostrando así su supuesta austeridad y humildad… como si nadie supiera quién es.
Un emperador entre dos mundos, tratando de que nadie note que es el protagonista de su propio capítulo de escándalo.
Hotesur, un poroto
Luego que la olla se destapara gracias a la investigación del Lanata local, los rumores aseguran que El Emperador decidió ponerse manos a la obra… y de paso, practicar el noble arte de desaparecer bienes y emprolijar cosas.
Resulta que los vehículos que descansaban plácidamente en una casa ubicada en una esquina —donde curiosamente vivía un chico que no parecía tener la más mínima capacidad financiera para tener esos automóviles— desaparecieron de manera casi instantánea. Como por arte de magia, se desvanecieron en el aire, y, por supuesto, el chico también hizo lo propio, probablemente siguiendo un curso intensivo de “invisibilidad express”.
Todo esto porque la casa, que en los papeles estaría a nombre de la madre o de la hija de El Emperador, pero con usufructo a favor de él, necesitaba lucir deshabitada para cuando comenzaran las investigaciones. Una estrategia digna de un mago de Las Vegas: esconder lo que no quieren que vean, mientras todos los demás nos preguntamos si el truco es digno de aplausos o de una carcajada.

Y, claro, mientras realiza sus movimientos de Houdini, El Emperador parece convencido de que todos nosotros somos unos “boludos”, que todavía estamos con la pluma o que, según sus propias y poco elegantes palabras, somos unos “negros de mierda” o “negros zainos”, sin ninguna inteligencia, a diferencia de él, que vino de las grandes ciudades. Como si no alcanzara con esconder autos y chicos, también nos toca escuchar su manual de insultos selectivos mientras él juega a las escondidas.
Pero se olvida, claro está, que si bien en la aldea no tenemos a Alconada Mon, sí contamos con nuestro Lanata local. Y así como el periodista porteño investigó cuántas toallas se lavaban o cuántas medialunas se compraban en el hotel para demostrar que los huéspedes nunca existieron, acá Lanata sugirió revisar los servicios de luz y gas, dejando en evidencia que antes de la gran “hecatombe” (sí, justo antes casualmente), la vivienda estaba siendo plácidamente habitada.
Como se ve, no somos ni tan negros, ni tan boludos…
La grasa chorrea…
Lo que nos llamó la atención es que, después de todo lo que ocurrió, un pajarito empezó a contarnos cosas. Y vaya si tenía información jugosa: nos dijo que una vez, hace mucho tiempo, algún supremo fue invitado por El Emperador a cenar en su mansión, y allí habría descubierto que la residencia tenía más autos que una concesionaria promedio.
Entre lo serio y lo chistoso, el visitante le habría soltado una frase digna de la mejor ironía:
«O a vos te va muy bien o a nosotros nos va muy mal».
Lógicamente, aunque era su obligación intervenir, no hizo nada al respecto. Se limitó a disfrutar de una ensalada de brócoli y lechuga —porque, según cuentan, cuando El Emperador invita, la dieta es vegetal y austera—, mientras que cuando él va de invitado, pide mollejas a su anfitrión y compite a ver quién se mancha más con la grasa que chorrea. Lógicamente, hablamos de mollejas que debe proveer el anfitrión ante su exclusivo pedido.
Un claro ejemplo de cómo, en esta historia, la pomposidad y el teatro se mezclan con la absoluta impunidad… y con la estética de una cena gourmet que nadie va a olvidar.
El rey está sin ropa.
Aparentemente, ese supremo que disfrutaba de su ensalada de brócoli y lechuga sería el mismo que en un primer momento intentó intervenir a favor del Emperador, y que después –como muchos otros- empezó a correrse porque vio que el tema era complicado y esta vez venía en serio porque los tiempos habían cambiado y había gente nueva seria y honrada. Muy extraño, ¿no?.
Mientras tanto, como lo expresara, los amigos del campeón están desapareciendo uno a uno. Y en su afán por salvarse, muchos parecen dispuestos a entregarlo con ropa y todo, como si estuvieran jugando a un juego macabro de “pasa el Emperador”. Todo un espectáculo digno de comedia absurda, donde los aliados de ayer se transforman en informantes de hoy para salvarse (porque sobre ellos seguramente también va a caer el escarmiento), o fingen no saber nada. Aquí, la ironía no solo está en los hechos, sino en la sensación de que la realidad supera cualquier guión de novela, y que los héroes y villanos cambian de rol según el interés del momento.
Tiempo!. Entreguen la hoja!!!
¡¡¡Teníamos que hablar de otras cosas pero se nos acabó el tiempo!!!!. ¡¡¡Este sujeto nos saca todo el espacio siempre!!!!
Tengo que discutir muy seriamente con Magnetto esto. Necesito más lugar, más espacio. Con lo que me da no puedo hacer nada.
Tenía para comentarles, por ejemplo, el quilombo que hay en Trevelin con el frigorífico (con la maniobra oculta de una periodista con su oíslo abogado que hay en esta trama); o cómo intentaron copiarse en un concurso para el cargo de una secretaría de un juzgado nuevo; o cómo sería el festival de contrataciones en la Fiscalía de la aldea… Un verdadero espectáculo digno de comedia política: planes para disfrazar todo, hacer pasar procedimientos como naturales, y hasta intentar meter gente por la ventana.
Siiiii, por la ventana!!!!. Con un proyecto de trabajo bajo el brazo y una simple entrevista, nos comentaron que habrían querido colar –por ejemplo- al hijo de un “destacado” (o “desacatado”, no recuerdo) periodista —o, mejor dicho, de un periodista “de bolsillo”—. Todo, claro, no porque tuviera méritos profesionales, sino por su grado de amistad con algunos funcionarios o fiscales, que, dicho sea de paso y según los chismes más jugosos que nos contó una matrona de barrio, serían quienes le filtran toda la información de primera mano para su medio. Hay una linda fotito que los delata…

Un cierre a tono con esta saga y con El Palacio de la Risa: entre autos que desaparecen, cenas de lujo con ensaladas austeras, supremos involucrados (de los viejos) y amigos que se esfuman, la vida real se vuelve más irónica, absurda y entretenida que cualquier novela que pudiéramos imaginar.
Hasta la próxima!!! (si todavía estamos).-




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