Donald Trump analiza autorizar el envío a Ucrania misiles Tomahawk para usar contra Rusia. Una decisión que podría redefinir la guerra y la seguridad global.
La posible entrega de misiles Tomahawk a Ucrania por parte de Estados Unidos marca un giro estratégico con profundas implicancias. Donald Trump, que durante meses se mostró reticente a un apoyo abierto, ahora analiza dar luz verde a un pedido largamente esperado por Kyiv: armas capaces de alcanzar Moscú y otras ciudades rusas. No se trata solo de un movimiento militar, sino de un gesto político que redefine alianzas y expone el verdadero pulso de esta guerra.
La discusión trasciende lo técnico. Con un alcance de 2.500 kilómetros, los Tomahawk pondrían en jaque el corazón de la maquinaria militar rusa. Mientras Ucrania insiste en que solo un costo insoportable obligará al Kremlin a negociar, Moscú minimiza el posible impacto y califica cualquier ayuda occidental como insuficiente para alterar el frente. Pero la realidad contradice ese discurso: cada ataque ruso masivo deja un saldo de muertos, heridos y ciudades devastadas, lo que refuerza la urgencia de reforzar la defensa aérea ucraniana.
Ucrania ha evolucionado armamentísticamente durante la guerra con Rusia como ningún otro país. Incluso ha llegado a bojetivos mucho más lejanos que el alcance de los Tomahawk, pero este tipo de misil podría penetrar las barreras de moscú, que son las más fuertes de Rusia y que le implican a Ucrania el desperdicio de muchos recursos.
El país violentamente invadido por Putin creo su propia industria misilistica con misiles como el reciente Flamingo, y una variedad de drones de última generación y misiles propulsados por turbinas, con lo que logró destruir la mayoría de las refinerías rusas; una proeza militar que nunca nadie en el planeta se hubiese imaginado que sucedería.
En este tablero geopolítico, Trump aparece en una posición ambivalente. Por un lado, busca mostrarse como el líder capaz de presionar a Putin más allá de sus discursos de paz; por otro, mide los costos de involucrar a Estados Unidos en un conflicto que ya desgasta a Europa y amenaza con expandirse. La reciente autorización tácita para que Kyiv ejecute ataques en territorio ruso sugiere que Washington ya cruzó un umbral político y militar.
El dilema es claro: permitir a Ucrania golpear más lejos podría acelerar el fin de la guerra o escalarla hacia una confrontación sin precedentes. Europa, consciente de que los drones y misiles rusos ya traspasan fronteras, ve en el fortalecimiento de Kyiv una inversión en su propia seguridad. La guerra dejó de ser un asunto bilateral y se transformó en una prueba de fuego para el orden mundial.
En el fondo, el debate refleja una tensión global: ¿se trata de evitar que Rusia siga destruyendo Ucrania o de impedir que Occidente quede atrapado en una espiral bélica? Trump, entre la presión de sus aliados y el desafío de Putin, parece decidido a jugar una carta que podría definir no solo el destino de Ucrania, sino el de toda Europa.
Mientras tanto, la economía rusa colapsa terriblemente. Los mortales golpes ucranianos a las refinerías no sólo prohibe a los ciudadanos rusos acceder a combustible, sino que Rusia está imposibilitada de exportar su principal producto que sostiene a su economía.
Enormes filas de automóviles de ven en las estaciones de servicio. Es casi imposible encontrar nafta, sólo gasoil que es el producto más fácil de refinar.




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