Por Juan Bautista Alberdinangus
Hoy voy a ser más formal. No tan irónico. No porque falten motivos para el sarcasmo, sino porque, a esta altura, la realidad ya se comenta sola.
A veces me preguntan si todavía creo en la Justicia.
Depende.
Depende de qué entendamos por “Justicia”. Si hablamos de ese principio abstracto, noble, ese equilibrio entre el derecho y la verdad, entonces sí: sigo creyendo. Pero si hablamos de lo que se vive cada día en el Palacio de la Risa –de lo que realmente pasa, de cómo se deciden las cosas- entonces lo que tengo no es fé, sino resistencia. Y a veces, ni eso.
Porque el ideal –es que brilla en los discursos, en los manuales y en los nombres de las salas de audiencia- es impecable: imparcialidad, razonabilidad, debido proceso. Pero el Palacio de la Risa… el Palacio de la Risa es otra cosa… Es donde muere el expediente despacito, archivado entre papeles sellados, notificaciones que no llegan, y decisiones que llegan, pero no dicen nada.
Fue en medio de esa descomposición cuando recordé una vieja provocación del profesor Roberto Mnookin, desde Harvard, allá por 1974:
¿Y si para la resolución de conflictos, en lugar de sentencias, lanzáramos una moneda al aire????
En su momento fue solo una sátira sobre el sistema… Hoy, en muchos tribunales y palacios, parece una sugerencia con sentido común.
No es exageración. He presenciado resoluciones que contradicen el expediente, audiencias donde no se escucha a nadie y procesos donde lo formal aplasta lo humano. He visto familias enteras transitar años atrapadas en un laberinto procesal sin salida, esperando algo que se parezca remotamente a justicia….
Y por eso, tirar una moneda ya no suena tan absurdo o descabellado. El azar no entiende de derecho, pero tampoco finge estar haciendo justicia. No oculta su arbitrariedad bajo tecnicismos. Es aleatorio, sí, pero no hipócrita.
Al menos la moneda no escribe sentencias con piloto automático, no puede ser corrompida ni actúa con la inconducta de quienes fingen imparcialidad. No tiene miedo de equivocarse, pero tampoco se escuda en un tono solemne para no hacerse cargo.
Y, mientras tanto, algunos emperadores parecen competir por ver quién consigue más ignorar el peso ético de sus cargos.
No se trata de renunciar al derecho. Se trata, justamente, de no seguir llamando “justicia” a un sistema que muchas veces opera sin escuchar, sin responder, sin reparar. Un sistema donde lo imprevisible, la arbitrariedad y la prepotencia de quienes la imparten es norma, y lo razonable la excepción.
Hoy fui más formal, es cierto. No tan irónico. Aunque si alguien va a la Justicia, avísele por favor que en El Palacio de la Risa todavía la están buscando y muchos de nosotros la estamos esperando…
Hasta la próxima!!! (si todavía estamos).
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