La comunidad internacional contiene la respiración. A pocas horas de que venza el plazo de 48 horas impuesto por Estados Unidos a Irán para reabrir el estrecho de Ormuz, el presidente norteamericano, Donald Trump, lanzó una advertencia escalofriante: “Una civilización entera morirá esta noche”. La frase, publicada en su red Truth Social, no solo enciende todas las alarmas en Medio Oriente, sino que expone una peligrosa tendencia global: un puñado de líderes, con poder militar y económico sin precedentes, juegan al borde del abismo sin considerar el costo humano ni ambiental.
Trump, que cuenta con el respaldo de las fuerzas armadas más poderosas del planeta, ya había anticipado su intención de “arrasar” puentes y centrales eléctricas iraníes, reduciendo al país “a la Edad de Piedra”. Su vicepresidente, JD Vance, confirmó que hasta el último minuto hay negociaciones, pero el tono sombrío del mandatario sugiere que la decisión final está tomada. “Espero que los iraníes actúen con sensatez”, dijo Vance, mientras en Teherán la Guardia Revolucionaria advierte que su respuesta irá “más allá de la región” y que dejará sin petróleo ni gas a los aliados de Estados Unidos “durante años”.
Este pulso entre Washington y Teherán no es un hecho aislado. Es el síntoma de un orden mundial donde unas pocas personas —en Estados Unidos, Rusia, China, Corea del Norte, Israel e Irán— concentran un poder brutal. Manejan los hilos de la economía global y los arsenales más letales, y se amenazan mutuamente con una indiferencia que hiela la sangre. Mientras Trump promete “demolición total”, el Kremlin observa con cautela, Pekín calcula sus movimientos geopolíticos y Corea del Norte ensaya misiles. Nadie parece priorizar la vida humana ni la integridad de un planeta ya herido por décadas de conflictos.
Lo paradójico es que, en medio de este clima apocalíptico, la Casa Blanca se apresuró a negar que se evalúe el uso de armas nucleares. Como si el bombardeo sistemático de infraestructura civil —prohibido por el derecho internacional salvo contadas excepciones— fuera una opción aceptable. Los ataques ya comenzaron: la isla de Kharg, clave para la exportación petrolera iraní, fue blanco de más de 50 bombardeos estadounidenses, según confirmaron funcionarios norteamericanos al Wall Street Journal.
Mientras tanto, la población civil —en Irán, en Gaza, en Ucrania, en cualquier rincón donde los poderosos dirimen sus diferencias— queda atrapada en medio de un tablero donde las fichas son cuerpos y territorios. Trump escribió en su mensaje: “Dios bendiga al gran pueblo de Irán”. Una frase irónica cuando sus aviones ya sobrevuelan objetivos energéticos y sus generales ultiman planes para dejar a millones sin electricidad ni agua.
El mundo asiste, una vez más, a la misma película: líderes que se erigen en jueces y verdugos, que disponen de naciones enteras como si fueran fichas descartables. Y la pregunta incómoda que nadie responde es: ¿hasta cuándo la comunidad internacional permitirá que unos pocos, encerrados en sus despachos, decidan el destino de civilizaciones enteras?
Porque esta noche, como dijo Trump, “quizás suceda algo revolucionario maravilloso”. O quizás solo suceda lo de siempre: más muerte, más escombros, y un planeta que sigue girando, cada vez más enfermo, bajo las botas de los mismos de siempre.





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