EE. UU. cierra el cerco a Maduro: destructores en el Caribe, milicias de cartón y un país hundido en la miseria

Durante las últimas semanas, el Caribe volvió a convertirse en escenario de tensión geopolítica. El gobierno de Estados Unidos desplegó tres destructores de la clase Arleigh Burke —el USS Gravely, el USS Jason Dunham y el USS Sampson— junto con un componente anfibio, como parte de una operación contra el narcotráfico que tiene a Venezuela en el centro del tablero. El mensaje fue claro: Washington no está dispuesto a tolerar que las rutas de la cocaína se consoliden bajo la complicidad del régimen de Nicolás Maduro.

El despliegue militar, de altísima capacidad tecnológica, no es un gesto aislado. Apenas días antes, el Departamento de Estado había duplicado la recompensa por la captura de Maduro, elevándola a 50 millones de dólares. Una cifra récord que lo coloca, en la práctica, en la categoría de capo narco internacional. No es un adorno: la Justicia norteamericana ya lo imputó en 2020 por narcoterrorismo, corrupción y vínculos con la exFARC. Y como si hiciera falta un recordatorio, hace apenas un mes Hugo “El Pollo” Carvajal, exjefe de inteligencia chavista, se declaró culpable en Nueva York de participar en redes de narcotráfico y terrorismo. Su confesión dinamita la coartada oficial y compromete directamente a la cúpula bolivariana.

La respuesta de Maduro: ruido y cartón

Frente a la presión, el dictador repitió su libreto: acusó a Estados Unidos de planear una invasión, agitó discursos nacionalistas y anunció la movilización de 4,5 millones de milicianos. La cifra es absurda, un número pensado para los titulares de la televisión estatal más que para un escenario real de combate. La llamada “milicia bolivariana” carece de entrenamiento, equipamiento y logística; es un músculo de utilería, una puesta en escena que busca ocultar lo evidente: el régimen está cada vez más aislado y debilitado.

El país real: hambre y exilio

Mientras Maduro juega a la guerra, Venezuela sigue desangrándose. La crisis humanitaria alcanza niveles insoportables: casi 7,9 millones de venezolanos han abandonado el país, en la mayor diáspora de la historia reciente de América Latina. Adentro, la inflación vuelve a dispararse, los salarios se pulverizan y los servicios básicos colapsan. Los hospitales carecen de insumos, las escuelas se vacían y la inseguridad se expande. El relato épico de la “resistencia antiimperialista” contrasta brutalmente con la miseria cotidiana de quienes deben elegir entre emigrar o sobrevivir con lo poco que queda.

Narcotráfico y poder: el talón de Aquiles

La acusación de narcotráfico no es solo un expediente en un tribunal extranjero: es la columna vertebral del sostén económico del chavismo. El llamado Cartel de los Soles, integrado por altos mandos militares, ha convertido a Venezuela en un santuario para el tránsito de cocaína hacia Norteamérica, África y Europa. La ruta de la droga no sería posible sin la cobertura política y judicial que garantiza impunidad a los operadores. Por eso la ofensiva de Washington —militar, judicial y financiera— apunta al núcleo más sensible del régimen: el negocio que permite mantener a flote su estructura de poder.

Entre la presión y la complicidad internacional

La operación naval de Estados Unidos no significa una invasión, como intenta instalar Maduro, sino un cerco estratégico: cortar rutas del narcotráfico, encarecer el negocio ilícito y enviar un mensaje inequívoco a la región. En paralelo, las causas judiciales y las recompensas millonarias buscan quebrar el círculo de lealtades que aún sostiene al dictador. La confesión de Carvajal es apenas la primera ficha de un dominó que puede arrastrar a otros cómplices de peso.

Pero el éxito de esta presión depende también de la comunidad internacional. La ambigüedad de algunos gobiernos, que condenan los abusos pero al mismo tiempo negocian petróleo o alivian sanciones, solo oxigena a Maduro y prolonga el sufrimiento de millones de venezolanos. El dilema es claro: se está con las víctimas o se es funcional a los victimarios.

En síntesis

Nicolás Maduro intenta mostrarse como defensor de la soberanía mientras expulsa a su pueblo del país y se enriquece bajo la sombra del narcotráfico. Su milicia de cartón no llena las ollas vacías, ni su retórica épica es capaz de detener la hemorragia migratoria. Venezuela vive una de las crisis más profundas de la historia contemporánea, y cada día que pasa bajo el actual régimen significa más hambre, más exilio y más dolor. La presión internacional, sostenida y coherente, es hoy la única herramienta que puede abrir una salida política. Lo demás es complicidad con la miseria.

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