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A 58 años de su muerte te presentamos: El Che Guevara, un “nene de mamá” con rostro sangriento

Che Guevara: hijo de élites, homófobo confesado, asesino de inocentes y símbolo hipócrita del anti-capitalismo, pero con Rolex. A 58 años de su muerte, el Che Guevara es un producto del marketing para un público carente de sentido común.

El Che, “nene de mamá” y su mundo de privilegios

Ernesto Guevara nació en el seno de una familia acomodada de Rosario el 14 de junio de 1928. Su padre, Ernesto Guevara Lynch, provenía de una línea con fortuna hereditaria y propiedades rurales, mientras su madre, Celia de la Serna, pertenecía a familias estancieras con conexiones patricias. La familia disfrutaba de un nivel económico elevado que les permitió moverse en ámbitos sociales distinguidos.

Desde muy joven, el Che adoptó hábitos propios de la élite: estudió medicina en la Universidad de Buenos Aires, vivió en zonas tradicionales de Buenos Aires (Recoleta, Palermo) y practicó deportes propios de clases altas como el rugby en clubes de elite. Su noviazgo con María del Carmen “Chichina” Ferreyra, una menor de edad que tenía 16 años y pertenecía a una familia aristocrática de Córdoba— refuerza esa imagen de hombre que transitó círculos de poder y abusaba de al menos una menor de edad. Paradójicamente, hoy está en las remeras de las que gritan «Ni una menos».

La idea de que el Che era un “vago” surge al contrastar su aura de guerrillero con etapas en las que no tenía ocupación constante ni ingresos claros, caminando rutas latinoamericanas con escasos recursos o viviendo de redes de solidaridad ideológica… mejor dicho: de la plata de sus padres multimillonarios.

El lado oscuro: violencia, ejecuciones y contradicciones

Durante su participación en la Revolución cubana y su rol posterior como funcionario estatal, Guevara ordenó ejecuciones sumarias y ejerció el poder con mano de hierro. En la fortaleza de La Cabaña, varios historiadores le atribuyen entre 100 y 216 fusilamientos, según distintas estimaciones. En ese lugar, opositores desarmados, campesinos —o sencillamente sospechosos— fueron ejecutados sin un debido proceso.

Además, lideró (o al menos apoyó) instituciones represivas como el campamento de Guanahacabibes en 1960, concebido como centro de trabajo forzado para reeducar disidentes u “ofensores revolucionarios” (aunque el grado formal de su implicación ha sido objeto de debate).

Se acusa también al régimen cubano (con la complicidad, desde luego, de sus líderes) de persecuciones contra homosexuales. En los años 60, homosexuales fueron catalogados como “contrarrevolucionarios”, enviados a campamentos forzados (UMAP) y sometidos a castigos bajo la justificación de reeducación moral del nuevo hombre socialista.

Diversos críticos lo han calificado como homófobo: Guevara llegó a referirse a los homosexuales como “desviaciones burguesas”. Estas posturas contrastan brutalmente con muchos de sus admiradores actuales, incluso de movimientos LGBT+, que lo exhaltan como icono de rebeldía. Esa paradoja es utilizada por los detractores para desmoronar el mito.

También se le atribuyen declaraciones racistas: en sus diarios algunos pasajes lo muestran con prejuicios respecto a personas de raza africana y pueblos indígenas.

En cuanto a su vida privada, su vinculación con una menor (Chichina) alimenta críticas éticas y morales a su conducta personal.

El comunismo y la élite rebelde: contradicciones flagrantes

Quienes exhalan la figura del Che suelen proclamarse anti capitalistas, pero paradójicamente pagan fortunas por remeras, gorras y productos con la icónica imagen del Che. Esa contradicción es símbolo de una mitología consumible, generada y distribuida por las mismas máquinas del mercado que critican.

Asimismo, mientras pregonan justicia social, el legado del comunismo —en sus expresiones rusa, cubana, china y otros— está marcado por genocidios, purgas, hambrunas y persecuciones sistemáticas. Millones murieron escapando de regímenes que ellos idealizan.

Otra contradicción evidente fue el consumismo interno de sus líderes: Fidel Castro llegó a usar relojes Rolex de lujo, mientras su discurso demonizaba las “lujurias del capital”. Esa disonancia entre predicadores de la austeridad y representantes de la élite revolucionaria es un sello de la hipocresía ideológica.

¿Por qué aún lo veneran?

El Che se transformó en símbolo romántico de rebelión, sacrificio y lucha contra la injusticia. Su cara, tomada por el fotógrafo Korda, se reproduce en posters, camisetas y tatuajes en todo el mundo. Esa popularidad no proviene de su eficacia política sino de la construcción de un mito.

Sus seguidores, con frecuencia, omiten o relativizan sus aspectos más oscuros y construyen relatos heroicos que borran las víctimas, la represión y las contradicciones profundas de su vida y su ideología.

El ídolo de mentes pobres.

El Che Guevara no fue un hombre del pueblo que emergió del sufrimiento; era un “nene de mamá” que amó el combate ideológico desde la comodidad. Su rostro sirve de bandera para quienes ignoran sus crímenes, su homofobia, su violencia y su estilo de vida contradictorio. El comunismo que encarnó fue responsable de horrores reales, y sus ídolos exigen defensa ciega sobre datos incómodos. En opinión: venerar al Che como santidad de la lucha social es perpetuar un relato mitológico construido sobre cadáveres, exclusión y contradicción.

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